jueves, 31 de agosto de 2017

Hay Festival Querétaro, México




Por segundo año consecutivo, Querétaro será la sede del Hay Festival en México del 7 al 10 de septiembre.

Más de una centena de escritores, editores, activistas, pensadores, periodistas, historiadores, músicos y dos premios Nobel de la Paz se darán cita en esta ciudad durante los cuatro días de eventos del festival, en los que se espera la asistencia de más de veinte mil personas.

Uno de los objetivos principales del festival es abogar por la justicia y la libertad, y algunas de las temáticas a tratar serán la migración, el cambio climático, el racismo, el activismo y la violencia que enfrenta el periodismo en nuestro país. 

Además del programa general (en el que participarán autores como Jorge Volpi, Alberto Ruy Sánchez, Emiliano Monge, Fernanda Melchor y Antonio Ortuño), el festival también cuenta con eventos dirigidos para otros públicos específicos, como el Hay Joven (donde participarán autores como Luciano Concherio y Paolo Giordano), el Hay Festivalito (donde presentarán sus libros infantiles y juveniles Raquel Castro y Francisco Haghenbeck, entre otros) y Talento Editorial (en el que se presentará la Antología Bogotá39). 

Los eventos se realizarán en lugares representativos de la ciudad, como la Universidad Autónoma de Querétaro, el cineteatro Rosalío Solano, el Jardín Guerrero, la Galería Libertad o el Museo de la Ciudad.

En especial, recomiendo cuatro eventos a los que asistiría si tuviera la oportunidad de viajar (por cierto, un texto mío forma parte de la antología ¿Por qué escribo?):



[HF1] 17:00 - 00:00. Viernes, 08 de Septiembre 2017. Jardín Guerrero.

Un beso en tu futuro. Raquel Castro en conversación con Paulina del Collado

La escritora mexicana Raquel Castro presenta su nueva novela, Un beso en tu futuro, una bella historia de amor y amistad. Castro es guionista, periodistas y escritora; es la autora entre otros de Exiliados, Lejos de casa y Dark Doll.
A partir de 10 años 

[26] 19:00 - 20:00. Viernes, 08 de Septiembre 2017. Museo de la Ciudad (sala de proyecciones).

Presentación de la antología de escritores locales ¿Por qué escribo?

En una época en donde cualquier persona puede escribir y publicar sin necesidad de editores ni criterios, nos preguntamos qué impulsos guían a los escritores y cuál es la relevancia de la literatura, desde un punto de vista íntimo, pero también social y trascendente. A pesar del consumo masivo y el pensamiento estandarizado, nuestra experiencia cotidiana sigue delimitada por una idiosincrasia local. ¿Cuál es el papel del escritor en esta contradicción? ¿Qué se puede decir aquí, desde aquí, que no se piense, se diga o se lea en otros lugares? Los textos incluidos en esta antología podrían leerse como un ensayo de pensamiento grupal que intenta responder a estas preguntas. Modera: Jacobo Zanella. Intervienen: Mariana Hartasánchez y Anaclara Muro.
Evento gratuito hasta completar aforo
[34] 10:30 - 11:30. Sábado, 09 de Septiembre 2017. Museo de la Ciudad (sala de proyecciones).

Fernanda Melchor y Antonio Ortuño en conversación con Emiliano Monge

 Los autores mexicanos Fernanda Melchor y Antonio Ortuño conversan con Emiliano Monge sobre su obra. Fernanda Melchor, escritora y cronista, ha publicado recientemente Temporada de huracanes y Antonio Ortuño es el autor, entre otros, del celebrado El buscador de cabezas, de cuya publicación se cumplen diez años.


[59] 13:00 - 14:00. Domingo, 10 de Septiembre 2017. Teatro de la Ciudad.

César Aira en conversación con Claudio López Lamadrid

El celebrado autor argentino es uno de los narradores más radicalmente originales, imaginativos e inteligentes del idioma español. Sus novelas, ensayos y muchos textos que oscilan entre ambos géneros, conforman una obra que ha sido publicada profusamente en el mundo hispano y traducida a más de veinte idiomas. Conversará con Claudio López Lamadrid sobre sus libros más recientes: Sobre el arte contemporáneo seguido de En la Habana (2016) y El cerebro musical (2016). Sus últimos trabajos publicados en México son Entre los indios y La liebre.


domingo, 27 de agosto de 2017

Emma Zunz - Jorge Luis Borges (cuento)

Jorge Luis Borges durante una entrevista para el programa 
Letras y Artes de la BBC en 1963



«Emma Zunz», cuento de Jorge Luis Borges, se publicó en la revista Sur en 1948, y en su libro El Aleph en 1949.


Emma Zunz



El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

          Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

          En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

          No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

          El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

          Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

        ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. 

          Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

          Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

          La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

          Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

          Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

          Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...

          La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Perro de ataque - Darío Zalapa




Diversos personajes históricos han dejado testimonio de su repudio hacia la venganza (Confucio, Einstein, Séneca, Goethe…), pero también han reflexionado sobre su origen para intentar comprenderla, pues es un sentimiento natural en el hombre, uno de los más impulsivos y agudos. La venganza busca justicia, sí, pero a través de un ajuste de cuentas en cuanto a daños o lesiones. «No todo está perdido, la férrea voluntad, el estudio de la venganza, el odio inmortal y el coraje nunca se rinden o se someten», en palabras de John Milton.
La venganza surge de un sentimiento elemental de defensa que pretende vindicar un agravio o ultraje. Ha estado presente desde la mitología; incluso los griegos tenían una diosa que representaba, entre otras cosas, la justicia retribuida y el equilibrio: Némesis.
Perro de ataque (Ediciones B, 2017) es la primera novela de Darío Zalapa (escritor mexicano, 1990), misma que desarrolló con la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2015 y que refleja una incisiva crítica social.
El libro, de más de trescientas páginas, está dividido en cuatro partes que a su vez se dividen en varios capítulos cuyos títulos son astutos guiños argumentales. Venganza, sexualidad, violencia y avaricia son las temáticas principales sobre las que gira la trama de Perro de ataque. Zalapa describe a la perfección la animalidad del ser humano a través de sus personajes, y desencadena una serie de hechos y acciones tras la muerte accidental de un asaltante en ciernes. Un tercer implicado incidental, Roque, un espectador —convertido en víctima—, consciente de que su propia vida estará en juego, decide cambiar la regla implícita de que aquellos que tienen las armas o los contactos indicados son quienes ostentan el poder.
Lo que alimenta su necesidad de revancha es la vindicación de todos los ultrajes y horrores a los que ha sido expuesto; la venganza lo infecta desde entonces como un virus y se esparce por todo su ser, es una enfermedad mortal instalada en él tras una dentellada —invisible pero sumamente dolorosa— a su alma y orgullo, misma que lo anegará hasta desbordarse y contagiar a alguien más, y que lo terminará convirtiendo en una máquina asesina perfeccionada. Se transforma en un cazador de dos fieras específicas, añora su carne y su sangre colmadas de adrenalina como resultado del sufrimiento que deben pagar dos por sus errores.
Roque, un exoficinista ordinario, mantendrá sus heridas abiertas, tras sufrir un desgarrador ataque y atestiguar otro, para recordarse lo que debe hacer, su actual arriesgada misión en la vida, y demostrará que, como lo afirma Balzac,  «En la venganza el más débil es siempre más feroz». A pesar de que su físico no representa una amenaza, en su mente confluye lo necesario para volverlo un peligro real: odio fermentado, frustración y  remordimiento.
Si bien la historia se desarrolla en Michoacán y su contexto histórico se ubica dentro de la perenne «guerra» contra el narcotráfico durante el sexenio de Felipe Calderón, la ciudad descrita tan puntual y crudamente por el autor en realidad podría ser cualquier urbe en desarrollo donde imperen las obras en construcción eternas y los suburbios en una constante expansión al igual que la pobreza, la miseria, la violencia, la corrupción y las vejaciones. El autor deja en evidencia que el crimen organizado y el gobierno, al igual que el resto de la población perjudicada por ambos, «se llevan por el instinto y la supervivencia».
La ciudad de Perro de ataque es descrita fiel y detalladamente: engulle sin detenerse, es un agujero negro que se va tragando todo a su paso y que lo regurgita a diario sólo para volver a engullirlo, es una madre sádica, un guardián desquiciado. Es un ente del que hay que cuidarse y protegerse a la par que de sus habitantes. Ésta es una bestia más, o La bestia. Zalapa conoce a la perfección tanto su esencia como su cuerpo. Es una localidad que se expande sin cesar al igual que sus habitantes se reproducen, comportándose todo como un cáncer o una afección que lucha con ansia por devorarlo todo, incluso a sí mismo. «Porque así es la ciudad, o esa ciudad: ordena, grita, patea. Comprime. Muerde».
En toda la novela, a través de un estilo narrativo indirecto libre y una adjetivación contundente, Zalapa animaliza lo mismo sitios que personajes, comportamientos y objetos, como el Jetta del periodista Quintana, que cambia de características —pero que mantienen la oscuridad y el sentimentalismo— cada que es mencionado en la historia: se presenta lo mismo como un osezno que como una araña o un murciélago.
Los adjetivos, contundentes y poderosos, dejan en segundo plano a los sustantivos. Zalapa adjetiva, califica: le otorga cierta condición y naturaleza a lo que describe, impregna de peculiaridades a su narración. Lo mismo describe, con acierto, el ambiente y los habitantes de una casa de seguridad que el de un club privado con gente de la «alta sociedad»; representa la mentalidad avariciosa de un alto empresario (el Ingeniero), de un joven sicario o de un —aún más joven— narcomenudista. Lo que mueve a todos sus personajes es la ambición y el egoísmo, querer acapararlo todo a manos llenas aunque aquello que se desea derive irremediablemente en la ruina, pues siempre habrá alguien detrás o a la sombra, acechando para poder arrebatarlo en la primera oportunidad.
El periodismo —y los terrores a los que se exponen quienes ejercen esta profesión: escarmientos, asesinatos, secuestros—, el área de redacción de un periódico y la vida nocturna «clandestina» son otras tres esferas cuyos mundos internos, actividades  y  peculiaridades son narrados a la perfección. El Ingeniero es el dueño de la mayor parte de la ciudad y sus habitantes, forma parte de un linaje que sólo sabe exigir lo que requiere de los demás y ordenar. Quintana es un periodista veterano en decadencia y Conchita, Mario y Joel son algunas de las astutas  marionetas —unas más que otras— a cargo del periódico.
En situaciones estratégicas, todos —o la mayoría de— los personajes tienen alguna característica, movimiento, respuesta, acción o particularidad que los asemeja a un can: «En esa ocasión no precisaba la fuga como una capricho o un lujo, sino como una necesidad, una sanación: lamerse la herida y decirse que todo estará bien, que el dolor desaparecerá pronto, que peores mordidas ha soportado sin echarse a llorar ni esconder la cola entre sus patas». Las experiencias transforman la mentalidad, y las acciones configuran negativamente el presente y el futuro, involucrando a todo el que esté cerca.
Los jóvenes sicarios son representados aquí como proyectiles suicidas que van tras su objetivo sin chistar. Son carne de cañón fresca, esbirros que venden sus miserables almas a cambio de la fugacidad de una «buena» vida. Precisamente Zalapa dedicó esta novela a los inaceptables daños colaterales, a «…la carne de cañón en una guerra que sólo reporta bajas y que parece no tener un fin próximo, ni un vencedor». Perro de ataque refleja la realidad, analiza y critica el sexenio pasado que en realidad podría ser también el actual, los anteriores y los futuros, pues examina los horrores que se han vuelto cotidianos para la sociedad mexicana. 

A principios de agosto, Perro de ataque formó parte de los libros de la semana recomendados por Aristegui Noticias.

 El libro está a la venta en Librerías Gandhi.

Para concluir, transcribo algunas de mis frases favoritas de la novela:

«A tu espalda sólo el viento nocturno arrastrando los desperdicios del día, la mierda de una ciudad lo bastante sinvergüenza como para procrear bastardos como tú.» p. 10-11

«Alcanzaste a estudiar la muerte, a presenciarla por primera vez. Entonces no sabías que sería para ti más una motivación que un miedo.» p. 13

«Proyectiles, al igual que tú, arrojados al mundo como groserías inacabadas de pronunciar.» Ibídem

«Quebrarte a alguien sin querer merece, cuando menos, que te desquites un poco, que le demuestres al cadáver que fue su culpa, no tuya.» p. 30

«La ciudad: animal invertebrado, nudo de entrañas indistintas, que engulle a su presa de un bocado y sin mascarla, dejando que sean sus ácidos gástricos los que la disuelvan.» 152

«Esa ciudad: letargo engañoso y patológico de un malestar indefinido que nadie atiende, sopor febril, los últimos segundos de un sueño incómodo que se olvida al despertar.» Ibídem


«El metro y medio que los separaba era un millón de años luz de lejanía, el espacio que siempre existe entre dos entes que no debían encontrarse.» p. 202