jueves, 19 de octubre de 2017

Nómada (texto publicado en Vozed #64)

Portada de Arancha Pinar



Regresé a la revista digital Vozed con un pequeño texto que habla sobre cierta zona (una de tantas) de esta gran ciudad, y seguramente tocará fibras sensibles por lo hechos de hace unas semanas. Cabe aclarar que lo escribí mucho antes, era el texto que tenía pensado leer para el proyecto CDMX TXT y que, por varias razones, cambió de destino. 

Este texto o viñeta bien se podría catalogar como lo que el gran Juan José Arreola definía como «varia invención», pues no pertenece a un género literario en sí.

En la primera parte de la revista Vozed número 64, Texturas 1/2, «cuando cada uno escribe de lo que le jode...» podrán encontrar cuentos de Macarena Muñoz Ramos, Vicente Monroy y Elisa Aveces, textos de Cesar S. Sanchez, poemas de Ricardo Limassol y Sofía Cham, entre otros autores, e incluye una sección de ilustraciones y fotografías.



NÓMADA 

(Metro de Estocolmo. Fotografía de Harry Peronius)



ÉSTE ES UN paisaje que cambia como el follaje de los árboles con las estaciones, testigos mudos de desgracias amontonadas hasta el hartazgo. Esta ciudad se ha sacudido para librarse de tantos y sin embargo nos sigue atrayendo con su magnetismo. Es un pastiche de ideologías, prejuicios y tolerancia, antipatías y fraternidad.
El encanto particular de la calzada de Tlalpan reside en su identidad: quienes la habitan son híbridos entre hombres y mujeres cuyas categorías se difuminan en la noche, en los billetes de los que buscan entretener sus propios dolores con cuerpos ajenos.
Mi ser ligero se desplaza indiferente a la vida cotidiana, a sus aversiones. Observo más de lo que soy capaz de acumular en mi mente, experimento más de lo que puedo analizar. Camino hasta agotar mis extremidades, mis pensamientos. Soy una luz que avanza hacia las sombras de lo desconocido, un mecanismo que no conoce el retroceso. Frágiles barreras de piel y tinta me delimitan de las miradas tenaces que me hacen andar con prisa, casi a galope, alerta. Aprendí aquí, en poco tiempo, que la confianza es un lujo reservado para pocas ocasiones. (Continuar leyendo en Vozed)

sábado, 30 de septiembre de 2017

Crónica de un asalto después del sismo (texto publicado en Chilango)





En la Ciudad de México vivimos días de terror y angustia tras el sismo del 19 de septiembre. Si bien lo usual, en una ciudad tan grande e impresionante, es experimentar desconfianza e inseguridad con regularidad, existe otro elemento terrible que, en lugar de disminuir tras estos días caóticos, aumentó drásticamente: la delincuencia. No fui víctima del terremoto, pero sí, de nuevo, de ésta última. Al respecto, escribí una crónica para la revista digital Chilango.






Durante la semana pasada, cuando un fuerte sismo azotó la ciudad, vimos muestras de solidaridad por doquier. Pero no todas las historias fueron positivas, poco a poco nos enteramos de que los delincuentes siguieron haciendo de las suyas, mientras las fuerzas de seguridad estaban enfocadas en los edificios derrumbados o en las fugas de gas. A continuación te compartimos el testimonio de Lola Ancira, una habitante de nuestra ciudad, quien fue asaltada en un restaurante de la delegación Coyoacán cinco días después del 19S:
«Aproximadamente a las 10:00 de la noche del domingo 23 de septiembre, tres sujetos armados (fornidos y con ropa deportiva) asaltaron el Wings Army de avenida Universidad 1892, ubicado muy cerca del centro comercial Oasis Coyoacán. Yo estaba con varias personas ahí, cuando ellos se sentaron a nuestro lado. Al momento en que la mesera se acercó para tomar su orden, sacaron armas e iniciaron el robo, que no duró más de cinco minutos...» (continuar leyendo en Chilango)

jueves, 28 de septiembre de 2017

Por qué escribo - antología de pensamiento literario




Por qué escribo (gris tormenta, 2017) es una antología de reflexiones sobre la creación literaria en la que tuve el honor de participar. Forma parte de la colección Disertaciones del Taller Editorial Gris Tormenta.

Luis Enrique Aguirre, Tadeus Argüello, Alejandro del Castillo, Anaclara Muro y Horacio Warpola son algunos de los escritores con los que comparto páginas. 

Agradezco especialmente a Jacobo Zanella la invitación y todas las atenciones, así como la increíble (y documentada) introducción que escribió para el libro. 

Estos proyectos son sumamente enriquecedores tanto para los autores como para los lectores, y una de las particularidades de Por qué escribo es que es una obra patrocinada por el Municipo de Querétaro y es completamente gratuita. 

Los primeros ejemplares impresos se repartieron el día de la presentación en el marco del Hay Festival el pasado de 8 de septiembre, y otra cantidad de los mismos estarán destinados a medios, ferias y festivales y a bibliotecas. Su versión digital en formato PDF ya está disponible a través de Dropbox. 




Disertaciones es la primera colección del Taller Editorial Gris Tormenta.

Son antologías alrededor de un tema debatido por un grupo heterogéneo de voces o alrededor de una pregunta que sugiere una disertación colectiva. Aquí se construyen textos de pensamiento grupal que examinan y exponen ideas, experiencias o sentimientos que intentan definir un concepto que elude la definición. En los fragmentos encontramos autonomía, pero es en el conjunto donde reside la fuerza de la discusión y la relevancia del tema para lectores y escritores contemporáneos.

Por qué escribo es el primer libro de la colección. Una antología de pensamiento literario en la que veintitrés escritores reflexionan sobre la literatura como oficio.

Si no tienes acceso al libro impreso, puedes ver fotografías en Behance, hojearlo en Issuu o descargar el PDF completo aquí.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Circuito cerrado (cuento publicado en Laberinto, suplemento cultural de Milenio)




El sábado 2 de septiembre tuve el placer de participar con un cuento titulado «Circuito cerrado» en el número 742 de Laberinto, el suplemento cultural del periódico Milenio

En «Moral para espías», un especial de relatos, comparto páginas con grandes autores como Jonathan Minila, Franco Félix,  Luisa Iglesias Arvide y Édgar Omar Avilés.

Pueden leer todos los cuentos en la versión digital del suplemento, y el número completo en el sitio de Laberinto en Issuu.



Moral para espías

Te presentamos 5 cuentos que a partir del juego de la acechanza y la huida, un puñado de autores nacidos en la década de 1980 exploran y revitalizan el género que tanto gustaba a Julio Cortázar.

martes, 12 de septiembre de 2017

CDMX TXT





Tengo la dicha de ser parte de CDMX TXT, un proyecto genial de Rafael Juarez Sarasqueta que surgió en Montevideo (MVD TXT) y que reúne a varios escritores de la Ciudad de México. Cada uno ha seleccionado un sitio específico de la urbe para leer un texto o el fragmento de un cuento o una novela que está relacionado con el contexto elegido.

En la página podrán encontrar, entre varios más, los imperdibles videos de las lecturas de Mario Bellatin, Daniel Espartaco, Bernardo Esquinca, Aura García-Junco, Margo Glantz, Gilma Luque, David Miklos y Daniela Tarazona.

Yo elegí leer, en la estación de metro Chapultepec, el fragmento de un cuento que aparecerá en mi siguiente libro.

La presentación será el jueves 14 de septiembre a las 17:00 horas en el Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México.









Lugares que se leen, palabras que se habitan.
Invitamos a un grupo de escritores a leer sus textos referidos a la Ciudad de México. Sugerimos una aproximación diferente y enriquecida a los paisajes de la urbe, un intento de apropiación de esos lugares desde lo afectivo, una vía de acceso libre, tanto al espacio físico como al producto artístico, fuera de sus circuitos habituales.
Los escritores y los lugares, las palabras y las imágenes, vuelven a vincularse y a dialogar. A partir de esta experiencia, el proyecto CDMX TXT propone un acercamiento a la literatura a través de los paisajes y una relectura de los paisajes a través de la literatura. Finalmente, otra forma de encuentro entre los lectores, los escritores y los lugares que los han inspirado.





jueves, 31 de agosto de 2017

Hay Festival Querétaro, México




Por segundo año consecutivo, Querétaro será la sede del Hay Festival en México del 7 al 10 de septiembre.

Más de una centena de escritores, editores, activistas, pensadores, periodistas, historiadores, músicos y dos premios Nobel de la Paz se darán cita en esta ciudad durante los cuatro días de eventos del festival, en los que se espera la asistencia de más de veinte mil personas.

Uno de los objetivos principales del festival es abogar por la justicia y la libertad, y algunas de las temáticas a tratar serán la migración, el cambio climático, el racismo, el activismo y la violencia que enfrenta el periodismo en nuestro país. 

Además del programa general (en el que participarán autores como Jorge Volpi, Alberto Ruy Sánchez, Emiliano Monge, Fernanda Melchor y Antonio Ortuño), el festival también cuenta con eventos dirigidos para otros públicos específicos, como el Hay Joven (donde participarán autores como Luciano Concherio y Paolo Giordano), el Hay Festivalito (donde presentarán sus libros infantiles y juveniles Raquel Castro y Francisco Haghenbeck, entre otros) y Talento Editorial (en el que se presentará la Antología Bogotá39). 

Los eventos se realizarán en lugares representativos de la ciudad, como la Universidad Autónoma de Querétaro, el cineteatro Rosalío Solano, el Jardín Guerrero, la Galería Libertad o el Museo de la Ciudad.

En especial, recomiendo cuatro eventos a los que asistiría si tuviera la oportunidad de viajar (por cierto, un texto mío forma parte de la antología ¿Por qué escribo?):



[HF1] 17:00 - 00:00. Viernes, 08 de Septiembre 2017. Jardín Guerrero.

Un beso en tu futuro. Raquel Castro en conversación con Paulina del Collado

La escritora mexicana Raquel Castro presenta su nueva novela, Un beso en tu futuro, una bella historia de amor y amistad. Castro es guionista, periodistas y escritora; es la autora entre otros de Exiliados, Lejos de casa y Dark Doll.
A partir de 10 años 

[26] 19:00 - 20:00. Viernes, 08 de Septiembre 2017. Museo de la Ciudad (sala de proyecciones).

Presentación de la antología de escritores locales ¿Por qué escribo?

En una época en donde cualquier persona puede escribir y publicar sin necesidad de editores ni criterios, nos preguntamos qué impulsos guían a los escritores y cuál es la relevancia de la literatura, desde un punto de vista íntimo, pero también social y trascendente. A pesar del consumo masivo y el pensamiento estandarizado, nuestra experiencia cotidiana sigue delimitada por una idiosincrasia local. ¿Cuál es el papel del escritor en esta contradicción? ¿Qué se puede decir aquí, desde aquí, que no se piense, se diga o se lea en otros lugares? Los textos incluidos en esta antología podrían leerse como un ensayo de pensamiento grupal que intenta responder a estas preguntas. Modera: Jacobo Zanella. Intervienen: Mariana Hartasánchez y Anaclara Muro.
Evento gratuito hasta completar aforo
[34] 10:30 - 11:30. Sábado, 09 de Septiembre 2017. Museo de la Ciudad (sala de proyecciones).

Fernanda Melchor y Antonio Ortuño en conversación con Emiliano Monge

 Los autores mexicanos Fernanda Melchor y Antonio Ortuño conversan con Emiliano Monge sobre su obra. Fernanda Melchor, escritora y cronista, ha publicado recientemente Temporada de huracanes y Antonio Ortuño es el autor, entre otros, del celebrado El buscador de cabezas, de cuya publicación se cumplen diez años.


[59] 13:00 - 14:00. Domingo, 10 de Septiembre 2017. Teatro de la Ciudad.

César Aira en conversación con Claudio López Lamadrid

El celebrado autor argentino es uno de los narradores más radicalmente originales, imaginativos e inteligentes del idioma español. Sus novelas, ensayos y muchos textos que oscilan entre ambos géneros, conforman una obra que ha sido publicada profusamente en el mundo hispano y traducida a más de veinte idiomas. Conversará con Claudio López Lamadrid sobre sus libros más recientes: Sobre el arte contemporáneo seguido de En la Habana (2016) y El cerebro musical (2016). Sus últimos trabajos publicados en México son Entre los indios y La liebre.


martes, 29 de agosto de 2017

Todo sucede aquí - Jonathan Minila





Todo sucede aquí (Cuadrivio, 2017) es el tercer libro de cuento de Jonathan Minila (escritor mexicano, 1980). Reúne once cuentos fantásticos agrupados por temáticas: los primeros cinco se centran en objetos o en alguna parte del cuerpo humano, mientras que los seis restantes se enfocan en situaciones o acontecimientos dolorosos e incluso espeluznantes.
El primer cuento, «El ataque de las sillas vivientes», describe con gracia un singular hecho que, sin duda, remite a la película El ángel exterminador de Buñuel, pero, en este caso, la razón del miedo y desconcierto de los protagonistas es palpable, visible. Minila alude a la rebelión de lo creado contra su creador, a la máquina contra el hombre pero a un nivel elemental.
«La camisa de un muerto» aboga por la importancia de los objetos de los difuntos y el respeto que se les debe manifestar a los mismos pues, de lo contrario, podrían resultar en trampas mortales. Tras leerlo, recordé el cuento «Dos guantes negros» de Francisco Tario. Ambas historias reflejan un temor específico e inconsciente hacia prendas de vestir de las que nadie desconfiaría jamás.
Pero no sólo los objetos más inofensivos se vuelven criminales en estas páginas: «La mano» retoma un tema sorprendente y fatídico presente en la ficción desde la década de los 40: el del síndrome de la mano extraña.
«Narices», uno de los cuentos más breves del libro, presenta una fijación corporal peculiar e inofensiva que trasciende a niveles insospechados literalmente de la noche a la mañana.
«La mirilla», más que un cuento circular, es la historia de un eterno y desconcertante bucle (tan pretendidamente imposible como horroroso) cuyo núcleo es el fenómeno de la bilocación o la maldición de Doppelgänger.
En la presentación del libro el pasado 27 de julio en la Ciudad de México, Minila declaró que descubre cuentos en cada mínima situación de la vida cotidiana. En cuanto a estas experiencias de vida y su proceso creativo, en una entrevista para el sitio digital Horizontum, el autor explicó que es «un convencido de que los cuentos se gestan mucho tiempo atrás, no únicamente en el momento en que viene la idea que da cuerpo a la historia sino que se nutren de todo aquello que influencia nuestro imaginario». 
         En otra entrevista publicada en el sitio web del Informador, Minila ahonda un poco más en la creación literaria: «Me gusta contar algo en apariencia, pero ir dejando pistas y rastros de un tema más profundo. Los miedos, las angustias, las preocupaciones y las incongruencias del ser humano. Veo los cuentos como permisos para visitar universos donde nuestra lógica se ve trastocada.» 
El admirable imaginario de Minila crea escenas y episodios fascinantes donde la normalidad es realmente lo extraño, nos permite mirar por una abertura el tiempo suficiente para demostrarnos la fragilidad de nuestra cordura. Estos cuentos manifiestan que, en efecto, todo sucede en esas páginas, pero también fuera de ellas, en un «aquí» por completo atemporal y perenne, un tiempo y un espacio que configuran continuamente el presente y las reglas que rigen la realidad. 

Todo sucede aquí está a la venta en librerías Péndulo.

Para finalizar, transcribo algunas de mis frases favoritas del libro:
«Cuando debo enfrentar alguna situación me hago pasar por otro. Tomo la personalidad de alguien más.» p. 12
«La vida sorprende y la culpa no es de nadie.» p. 17
«En realidad todo el tiempo fue una situación que no entendí.» p. 25
«Siempre fue así. Escondiéndose, huyendo; ocultando las verdades.» p. 25
«El sol le recordaba a su madre: sus rayos también eran de sombra» p. 38
«Su sombra, que se descifra debajo del travesaño, podría ser su alma, pero no, si acaso ella está afuera con formas de hombre y con su rostro, tocando fuerte, oprimiendo el botón del timbre, golpeando con los nudillos, dando patadas, gritando.» p. 43
«Mira a sus vecinos antes de cruzar la puerta y los observa retirarse, enojados, aunque también satisfechos de no haberse perdido la escena.» p. 46
«Creyendo que las palabras son más que palabras» p. 49
«Posiblemente su vida termine a la par. Quizá así sea la muerte, Llega en un mensaje como éste; en una hoja igual.» p. 49

«Pero ahí estaba ahora, caminando como si nada. Como si este mundo aún le perteneciera.» p. 55
«Escuchando las voces lejos y las risas ignorantes, sin su pena, sin su tristeza, sin su pesar.» p. 59

domingo, 27 de agosto de 2017

Emma Zunz - Jorge Luis Borges (cuento)

Jorge Luis Borges durante una entrevista para el programa 
Letras y Artes de la BBC en 1963



«Emma Zunz», cuento de Jorge Luis Borges, se publicó en la revista Sur en 1948, y en su libro El Aleph en 1949.


Emma Zunz



El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

          Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

          En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

          No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

          El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

          Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

        ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. 

          Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

          Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

          La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

          Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

          Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

          Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...

          La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.