miércoles, 29 de junio de 2016

Los Evangelios de la rabia - Rafael Medina




Los Evangelios de la rabia (Editorial Paraíso Perdido, 2015) de Rafael Medina (escritor y médico psiquiatra mexicano, 1972) es el sexto libro de cuento publicado del autor. Medina participó también con dos relatos en Cuentos de locos para locos, antología publicada Editorial Ink en 2011 y que reseñé para el blog en 2013.

La religión, el sufrimiento y la fe son algunas de las temáticas principales que entrelazan los doce relatos de estas páginas. A través de un lenguaje desenfadado, el autor describe diversos sucesos en diferentes localidades de los que podría pensarse que lo único ficticio es alguno de sus elementos, y todos sus personajes tienen en común saber que la salvación es tan lejana como irreal, lo que trae a la mente una pregunta fundamental que Nietzsche hace en El ocaso de los ídolos (1889):  «¿Es el hombre sólo un error de Dios? ¿O Dios sólo un error del hombre?».

«El hombre del semáforo» describe, de manera irónica, a un mesías contemporáneo que, a través del suplicio, busca hacerse escuchar e imponer un supuesto mensaje divino a todo aquel obligado a detenerse por la luz roja ante su espectáculo.

«Mi niña» es la terrible historia de una cría que sufre la aparición de estigmas cada vez más insufribles narrada desde la voz de su padre, quien lo describe como un «infierno bendito» que los otros y la misma iglesia ven como una sucesión de sufrimiento para conseguir la gracia de dios, o como un desafío para consolidar su fe, lo que les otorga una aparente fuerza que es a la vez un reflejo de dejadez e insensibilidad. Algo similar ocurre en «Acoso»: la Virgen María, encolerizada porque una mujer no quiere escuchar su mensaje cuando se le manifiesta, decide acabar con su familia y hostigarla hasta que deje de ignorarla.

«Jesús niño» es el mejor ejemplo de cómo sería un dios niño moderno si fuera consciente de su propio e ilimitado poder: una completa calamidad. Inmune a cualquier castigo, esta criatura caprichosa y voluble justificaría el odio de todos los demás, a quienes, al temer por su aversión, no les quedaría más que encomendarse a lo desconocido. Al igual que en «La decisión de Herodes», Medina presenta a la figura infantil como la más temible y perversa, como una amenaza latente a punto de destruirlo todo y que consume con voracidad el juicio de los adultos.

«Apocalipsis ya, ahorita» describe cómo es que, a pesar de haber comenzado el desastre, los seres humanos no tienen otra preocupación que sus problemas personales, reflejando un individualismo del que también es presa el protagonista de esta historia, a pesar de estar rodeado por un caos infinito.

«El evangelio de la rabia» justifica la creación de los relatos anteriores: el personaje principal es un psiquiatra que ha perdido la cordura y cuya realidad se ha diluido con la de sus propios pacientes y temores.

Estos evangelios de la rabia bien podrían ser una suerte de evangelios apócrifos, una compilación de verdades intuidas en la imaginación de la mayoría pero vedadas por el miedo y la cobardía, por ese desasosiego inculcado desde la niñez tan propio del cristianismo.

El libro lo pueden comprar directamente en la tienda en línea de la editorial o en El Sótano.

Para finalizar, transcribo algunas de mis frases favoritas.


El profeta

«Oida la vida toda.» p. 9

«Adoramos a una divinidad ajena pidiendo perdón a las nuestras.» p. 11


Mi niña

«¿Quién se puede alejar lo suficiente de los designios inescrutables del Creador?» p.19

«Luchamos por adaptarnos a esta vida donde, en cualquier lugar, somos señalados, acosados.» p. 21


Acoso

«Si es mula, sígale como mula, aguantando y tirando patadas.» p. 33

«Esa pobre mujer que defiende su dignidad y rehuye a toda responsabilidad divina.» p. 35



La decisión de Herodes

«Hasta la maldad tiene límites.» p. 52

«No podemos encajonar el sexo de los ángeles dentro de las dos burdas variables que tenemos los seres terrenales.» p. 60

«La espantosa confusión de sexualidad con genitalismo.» Ibídem



El candidato

«No oculta en lo más mínimo su fealdad. Él desearía mostrar todo su cuerpo contrahecho, defectuoso, enfermo.» p. 63

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