lunes, 30 de junio de 2014

El Pato y la Muerte - Wolf Erlbruch




El Pato y la Muerte (Duck, Death and the Tulip, 2008) de Wolf Erlbruch (escritor e ilustrador alemán de libros infantiles, 1949) es una bella historia de la fugaz amistad entre un pato y la muerte.

Erlbruch es conocido por su toque particular para crear relatos infantiles lúgubres, pues trata temas que generalmente son eludidos en este tipo de literatura (característica que me recuerda al fantástico Edward Gorey). En esta obra, trata un tema delicado y al que pocos adultos saben cómo reaccionar frente a un niño cuando éste los cuestiona al respecto, pues pronunciar la palabra es tan intempestivo como el hecho que representa.

A través de hermosas ilustraciones hechas por el mismo autor, Erlbruch simboliza, de manera encantadora y con un toque siniestro, el suceso ineludible para todo ser vivo: la muerte. Después de algunos días extraños, Pato descubre qué (o mejor dicho, quién) era lo que lo inquietaba... Muerte. Tras un pequeño sobresalto de Pato, Muerte se presenta ante él y, por un corto tiempo, entablan conversaciones inocentes que reflejan el pensamiento ingenuo de Pato y los argumentos reveladores de Muerte.

El cuento (que, no por ser infantil es específicamente para niños) vuelve palpable, físico, un terror natural, un hecho impostergable. El autor materializa a la muerte, esa tétrica calavera con la que diversas culturas se han identificado y desarrollado durante siglos, con un personaje amistoso que lleva un lindo vestido y zapatillas, de osamenta impoluta y carácter bondadoso, incluso cariñoso.


Ilustración de Wolf Erlbruch



La ofrenda de la muerte para el pato, un tulipán violáceo, puede remitir a un significado profundo y por completo simbólico, pues su color es la unión de dos tonalidades: el tulipán rojo simboliza el amor eterno y el negro sufrimiento abismal. Y son precisamente esos dos sentimientos los que ponderan en el corazón de quien sufre una pérdida de un ser cercano y querido.

La muerte, sutil como una sombra que persigue y espera siempre junto al cuerpo vivo, que lo vigila y está atenta. La muerte, sonriente en la espera eterna, siempre paciente, comprensiva y meditabunda, la que sólo nos visita cuando la vida se ha encargado de terminar con nosotros.


Ilustración de Wolf Erlbruch



Este cuento inspiró una versión para teatro, bajo la dirección de Haydeé Boetto, que se presentó como Pato, Muerte y Tulipán en 2012 en Bellas Artes, y que también representaron en diversas ocasiones a principios de este año. Quedo a la espera de la siguiente temporada para poder acudir.



Encontré esta fiel versión animada del cuento en alemán y con subtítulos en español:



Y también esta versión del audiolibro en español:



Pueden adquirir esta joya en El Sótano o El Péndulo (de éste último coloco el enlace a todos los libros del autor en dicha librería).

A propósito de este libro, cabe transcribir aquí el pequeño diálogo entre Antonius Block y La Muerte con el que inicia la película El séptimo sello (Ingmar Bergman,1957):





- ¿Quién eres tú? 
- La muerte. 
- ¿Es que vienes por mí? 
- Hace ya tiempo que camino a tu lado. 
- Ya lo sé. 
- ¿Estás preparado? 
- El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento. 
- Es lo que todos decís, pero yo no concedo prorrogas.
- Tú juegas al ajedrez, ¿verdad? 
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo he visto en pinturas y lo he oído en canciones. 
- Pues sí, realmente soy un excelente jugador de ajedrez.
- No creo que seas tan bueno como yo. 
- ¿Para qué quieres jugar conmigo? 
- Es cuenta mía. 
- Por supuesto. 
- Juguemos con una condición, si me ganas me llevarás contigo, si pierdes la partida me dejarás vivir. 
- Las negras para ti. 
- Era lo lógico, ¿no te parece?

domingo, 29 de junio de 2014

El psicoanalista – John Katzenbach




El psicoanalista (The analyst, 2002 – Ediciones B, 2011) de John Katzenbach (escritor estadounidense, 1950) es una novela de suspenso -thriller psicológico- publicado en varios países latinoamericanos un año después de su salida en Estados Unidos y se convirtió rápidamente en un Best seller.

Había escuchado sobre este libro en reiteradas ocasiones y por cuestiones de tiempo no había tenido oportunidad de leerlo, pero gracias a que fue un regalo de cumpleaños hace unos meses, no postergué más la lectura... aunque también la había pospuesto por el hecho de ser un best seller, que crea cierta incertidumbre sobre su valor literario. Un pequeño inconveniente es que, en su versión “de bolsillo”, el libro pasa de las quinientas páginas, por lo que su traslado (en caso de que lleven sus lecturas a todos lados, como yo) es un poco incómodo.

En esta obra, Katzenbach da muestra de su vasta formación judicial, amplio bagaje cultural y su desarrollo como escritor desde la aparición de su primera obra (1982) y sus ocho libros publicados posteriormente. En El psicoanalista abundan las referencias artísticas y culturales (literarias, musicales y demás, incluso bíblicas) insertadas como pequeños guiños del autor para la perspicacia de cualquier lector perceptivo.

La novela consta de tres partes y treinta y seis capítulos: Una carta amenazadora, El hombre que nunca existió y Hasta los malos poetas aman la muerte. Está narrada en tercera persona y el protagonista es precisamente un psicoanalista estadounidense, Frederick Starks (imposible no pensar en la Casa Stark de Juego de tronos), que se enfrenta a una situación por completo inusual en su cumpleaños número cincuenta y tres: recibe una carta donde le informan que cuenta con quince días para resolver un enigma del cual dependen su vida o la de alguno de sus familiares lejanos. Esta carta-amenaza está firmada sólo con un nombre: RUMPLESTILTSKIN (sí, con mayúsuclas).

Así inicia la intrincada trama de la historia, en la que el doctor Starks se verá obligado a cambiar por completo su apacible y monótona rutina de vida, su tradicional razonamiento e incluso su personalidad disciplinada. Al iniciar la novela, el protagonista vive en Nueva York, tiene una consulta privada en el mismo piso donde vive y del que es dueño, tiene una casa de veraneo para el mes que se da de vacaciones anualmente y diversas cuentas bancarias, hecho que, como el mismo describe, no lo sitúa entre los psicoanalistas más acaudalados del país pero sí en cierta zona de confort.

La figura estereotipo del doctor Starks tiene orígenes reales, pues el psicoanálisis estuvo en boga en Nueva York por más de cinco décadas a partir de la difusión del trabajo del padre del psicoanálisis (de origen judío) Sigmund Freud, creador de la terapia que en aquel entonces era exclusiva para neuróticos acaudalados.

En la primera parte (y la más extensa), se desvelan algunas situaciones y sucesos atroces que van uniendo eslabones al desarrollo de la historia, y, a pesar de la aparición de ciertos acontecimientos impactantes, la historia avanza a una velocidad relativamente lenta, cuestión que cambia poco antes de finalizar. La segunda parte inicia con una incógnita total, se desarrolla a paso constante y los acontecimientos desconcertantes siguen siendo un recurso frecuente, característico del autor; es la parte más breve de la obra y en ocasiones predecible, pero sigue manteniendo la tensión característica de la novela. Muestra también a un protagonista por completo transformado por las circunstancias a las que se ve orillado, dueño de un pensamiento mucho más crítico y seguro de sí mismo. En la última y tercer parte se definen aspectos fundamentales de la trama y muestran a un doctor Stark sumamente diferente: a lo largo de las páginas somos testigos de un cambio dramático y radical de la personalidad de un individuo ordinario y el resultado es indudablemente fascinante.

Regresando un poco, una característica muy importante del personaje de Rumplestilskin, que finalmente es quien inicia la odisea del doctor Starks, es que al igual que el proverbio utilizado por Pierre Choderlos de Laclos en su novela Las amistades peligrosas (Les Liaisons dangereuses, 1782), él también piensa que "la venganza es un plato que se sirve frío." De ahí que pudiera esperar más de dos décadas para cumplir su cometido y así lograr tomar represalias contra todas las personas involucradas en el hecho que marcó para siempre su existencia. Rumplestiltskin espera en el anonimato, preparándose en las sombras, por el momento perfecto para resarcir el daño del que (indirectamente) fue víctima. Y esto puede ser tan abrumador como lo aparenta, pues es lógico que quien espera más de veinte años para "ajustar cuentas" tiene en su poder todo lo necesario para conseguirlo.

El desarrollo psicológico de los personajes es muy profundo y desde el inicio de la novela abundan diálogos filosóficos que incluyen claves para comprender a las diversas personalidades que confluyen en la obra.

La novela culmina en un final abierto que anuncia una catástrofe latente, lo que puede predecir un segundo tomo. Desde las primeras páginas, las descripciones realistas y profundas forman imágenes vívidas en la mente del lector, por lo que sería un gran acierto la aparición de la versión cinematográfica de esta novela.

Pueden comprar el libro en Gandhi y El sótano.

Para finalizar, transcribo algunas de las mejores frases de la obra:

“(...) vivía solo, perseguido por los recuerdos de otras personas.” P. 15

“Suicídese, doctor.
Tírese de un puente. Vuélese la tapa de los sesos con una pistola. Arrójese bajo un autobús. Láncese a las vías del metro. Abra el gas de la estufa. Encuentre una buena viga y ahórquese. Puede elegir el método que quiera.
Pero es su mejor oportunidad.” P. 18

“(...) el analista suele encontrarse con que guardar silencio y no contestar al comportamiento provocador y escandaloso de un paciente es la forma más inteligente de llegar a las verdad psicológica de esos actos.” P. 21

“Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que nos destruyan.” P. 35

“(...) a menudo, lo que nos amenaza de verdad y cuesta más de combatir es algo que procede de nuestro interior.” P. 35

“(...) había ignorado el caos que era en realidad su vida hasta que algo grande y perjudicial había irrumpido en ella (...)” P. 37

“Los sueños eran acertijos inconscientes e importantes que reflejaban el alma. Lo sabía, y solían ser vías que le gustaba recorrer.” P. 40

“(...) conocer los hechos no implica necesariamente comprenderlos.” P. 41

“¿No estás de acuerdo en que hasta la venganza más terrible empieza con una simple pregunta?” P. 48

“No puedes escribir una epopeya cuyo héroe se dé la vuelta ante las puertas del infierno (...)” P. 49

“El miedo y el mar son una combinación letal.” p. 53

“Normalmente, nos estorbamos los unos a los otros.” P. 55

“(...) había sido un hombre que se deleitaba con lo espantosa que era su vida, y prefería quejarse a cambiarla.” P. 86

“Vivía para sus odios” Ibídem

“El infierno puede adoptar muchas formas, doctor Starks. Piense en mí como en una de ellas.” P. 108

“La negación va acompañada ahora de la suposición de que es sólo una mentira de conveniencia para ser adaptada en algún momento posterior, cuando se ha negociado una verdad aceptable.” P. 123

“(...) descritos con un florido entusiasmo literario que quería ocultar la simplicidad de su realidad.” P. 152

“(…) se unió al desfile de personas decididas y resueltas con esa pétrea expresión urbana que parecía servirles de armadura frente a los demás.” P. 169

“(…) las mentiras se agradecen más que la verdad. Las verdades son siempre inoportunas.” P. 183

“¿No nos lastiman aquéllos a quienes amamos y respetamos más que aquéllos a quienes odiamos y tememos?” P. 191

“(…) el tiempo sólo agrava las heridas de la psique. Reconduce estas heridas, pero nunca las cura.” P. 210

“Considera las palabras dichas como un medio de llegar a la verdad. Yo las considero un medio para ocultarla.” P. 213

“Sonrió porque, por primera vez en meses, pudo recordar el sonido de su voz.” P. 279

“El lenguaje es el aspecto brusco de la locura (…)” P. 308

“Acepta la locura. (…) Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia.” P. 314

“Su problema era la realidad.” P. 354

“(…) había adquirido una saludable falta de respeto por la religión (…)” P. 355

“-El amor de un asesino por otro. ¿No te parece muy interesante?” P. 453

“La venganza sirve para limpiar el corazón y el alma.” P. 504

“-Todo el mundo merece morir por algo –añadió-. Nadie es inocente (…)” Ibídem


viernes, 27 de junio de 2014

Leer la mente – Jorge Volpi




      Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción (Alfaguara, 2011) de Jorge Volpi (escritor mexicano, 1968) es un extenso ensayo donde el autor expone, clasifica y describe los mecanismos mediante los cuales la mente humana está ligada a la ficción (en cualquiera de sus representaciones), haciendo uso de teorías y análisis científicos, psicológicos e históricos; examina en diversos aspectos la mente humana y su forma de trabajar con la realidad en base a la ficción. Volpi ha ganado numeroso premios en el ámbito literario y se ha desarrollado tanto en novela como en cuento y ensayo.

       En el prólogo, el autor explica y define varios de los términos y conceptos con los que trabajará durante el texto, creando así un contexto preliminar impregnado de la ideología que desarrollará en el ensayo, introduciendo al lector de manera clara y específica al mundo de la ficción, con la ayuda de ejemplos ilustrativos y elementales.

      Para Volpi, el arte, y en especial el arte de la ficción, nos ayuda a adivinar los comportamientos de los otros y a conocernos a nosotros mismo, lo cual supone una gran ventaja frente a especies menos conscientes de sí mismas. Me enfocaré primero en la definición de arte, pero el problema radica en que este concepto en la actualidad es muy amplio, pues el significado, así como la interpretación del término, varía entre las diferentes épocas transcurridas, las diversas culturas y los distintos movimientos artísticos, por lo que la manera más objetiva de definirla será “una manifestación de índole creativa hecha por el ser humano”. En palabras de Volpi, El arte no sólo es una prueba de nuestra humanidad: somos humanos gracias al arte. Se tomará entonces al arte como cualquier obra hecha por el ser humano que tenga una intención comunicativa o estética y que exteriorice ideas, impresiones o una perspectiva subjetiva de ver el mundo a través de diferentes recursos que van de lo abstracto a lo físico.

    Los investigadores consideran que al aparecer el Homo sapiens, la primordial función del arte era ceremonial, mística o fantástica y que se modificó a la par de la evolución humana, alcanzando un factor estético y un compromiso social o educativo. Para Volpi, la aparición del Homo sapiens dio como resultado el surgimiento de la ficción: los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear o apreciar una ficción.

      Volpi considera que el conocimiento del mundo y su recreación o invención se llevan a cabo mediante artilugios casi idénticos, ya que no sólo vivimos en el mundo como espectadores, sino también como creadores, pues la realidad está conformada por  elementos físicos ya establecidos por parte de la naturaleza y por elementos creados por el imaginario colectivo o representaciones interiores compartidas socialmente que regulan el comportamiento y la conducta para la subsistencia de la especie.

     Al vivir en sociedad, el ser humano está aceptando una especie de acuerdo para poder convivir en armonía, bajo los parámetros de comportamiento establecidos previamente por sus integrantes. En la mente de cada individuo, gracias a la percepción del exterior, se llevan a cabo procesamientos que dan vida a diferentes ideas y conceptos que debe adecuar a la “realidad” de los demás, a la “realidad” común, en una especie de emulación. De ahí también que la cultura se componga en parte por el arte, siendo este el ámbito donde se manifiesta la realidad social contextual, comprendiendo sus valores y creencias.

       Dando un salto a través de los siglos y llegando a la época actual, siglo XXI, esta es la pregunta que impera en el planeta: ¿Por qué el ser humano se siente tan atraído por el mito, las historias fantásticas, las leyendas y en general cualquier tipo de ficción? El término ficción surge del latín fictus, que significa fingido o inventado. Se entiende, entonces, por ficción, la representación de la realidad que efectúan las obras literarias, cinematográficas o de otro tipo, al representar un mundo imaginario al receptor.

De esta forma, la ficción está jugando el papel de mimesis de la realidad, pues la obra (del índole que sea) se basa en la vida real o en hechos que acontecieron o podrían acontecer y por lo tanto en actos verídicos que dan pauta a la creación de actos imaginarios que siempre podrán ser posibles mentalmente, pues se tienen  fundamentos hipotéticos y justificables que dan las bases necesarias para recrearlos en una realidad imaginaria y paralela. El mundo ficcional establece un vínculo análogo con el mundo real que le otorga un valor referencial, mientras que su valor cognitivo se encuentra en la mímesis creada con el mundo o realidad interna del receptor, a partir de diversas afinidades. Ya sea mediante personajes, vivencias, escenarios, diálogos, historias, crónicas o relatos (o todo lo anterior), en el cerebro del receptor se crea una representación mental de aquella ficción y es precisamente en ese momento cuando se vuelve real, a nivel de una estructura especulativa.

Es pertinente mencionar en este momento el concepto que Volpi hace en su ensayo del yo, pues Si algo parece distinguir la conciencia humana, según todos los testimonios que hemos recabado, es la sensación de que una línea divisoria separa el “adentro” del “afuera”, el yo del mundo. El yo es entonces un símbolo de contorno o perímetro que delimita lo propio de lo externo, lo personal de lo público. Para Volpi, el yo es simplemente una creación del cerebro para obtener una forma de crear una separación entre lo subjetivo y lo objetivo, de manera que cada cual tenga sus límites y no haya lugar a confusiones.

        Para Volpi, Los humanos somos rehenes de la ficción. Ni los más severos iconoclastas han logrado combatir nuestra debilidad y nuestra dependencia por las mentiras literarias, teatrales, audiovisuales, cibernéticas. Pero ellas no nos deleitan, no nos abducen, no nos atormentan de forma adictiva por el hecho de ser mentiras, sino porque, pese a que reconozcamos su condición hechiza y chapucera, las vivimos con la misma pasión con la cual nos enfrentamos a lo real. Porque esas mentiras también pertenecen al dominio de lo real. ...en resumen: la conciencia humana aborrece la falsedad y, al menos durante el tiempo precioso que dura la ficción, prefiere considerarla una suma de verdades parciales, de escenarios alternativos, de existencias paralelas, de aventuras potenciales. Estar frente a una ficción representa una especie de trato entre la obra y el espectador, idea que resulta muy similar a la regla F del filósofo y comunicólogo Siegfried J. Schmidt. Esta regla F o fictivización es un pacto donde los participantes aceptarán como real o verdadero todo lo creado por el autor, haciendo un acuerdo para no dictaminar o enjuiciar a la obra literaria (que en este caso se extrapolará a cualquier tipo de obra artística) como algo verdadero o falso, pues los criterios de veracidad quedan suspendidos. Es un pacto aceptado implícitamente por ambos lados (creador y destinatario) y se da según el contexto o la diferente realidad interpretativa mediante la cual sea  percibida la obra.


Siegfried J. Schmidt

Gracias a este mecanismo de asociación realidad-ficción cerebral, Volpi llega a la deducción de que la ficción es uno de los primordiales mecanismos para la supervivencia del ser humano, pues lo ayuda a imaginar y predecir sus acciones en ciertas situaciones que podrían ocurrir, pues se apropia de esas vivencias y  al experimentarlas mentalmente, a través del simulacro, es como si las experimentara en la vida real.

         Vivir experiencias a través de otros mediante la ficción es más que un anhelo pueril de comportamiento (niños y niñas jugando a ser superhéroes o personajes de películas infantiles así como adultos pensándose como protagonistas fictivos al identificarse con ellos y que también conlleva cooperación, si se realiza en grupo) es una conducta provista con sólidas ganancias evolutivas, capaz de transportar, de una mente a otra, ideas que acentúan la interacción social. La empatía. La solidaridad. Empatía y solidaridad que por supuesto deben estar presentes en todos los individuos, para que pueda darse la apertura y el entendimiento  necesarios para comprender a los demás y así se logre una coexistencia pacífica de la especie. Por lo anterior, nuestro cerebro siempre nos impulsa a colocarnos en el lugar de los personajes de un cuento o una novela. Es empatizar no sólo con la situación o la vivencia, sino con los personajes mismos y adentrarse en ellos, hasta poseerlos.

Ya se advierte, por lo tanto, la importancia de la ficción en la vida del ser humano: es un artilugio que puede garantizar su supervivencia en determinados momentos predecibles del futuro (así como ocurrió en el pasado) y para comprender la realidad, pues fue necesario el desarrollo de esta competencia “fictiva” (por llamarla de alguna manera) en los seres humanos. Es un componente sumamente importante y complejo en el procesamiento de control de la realidad, por lo que resulta de significativa consideración su eficaz desarrollo: sin él, el ser humano no podría manejar nada fuera de sí mismo e incluso resulta pertinente pensar que también se le dificultaría conocer lo que hay mentalmente en su interior.

          Siguiendo esta lógica, otra explicación científica en la que incurre Volpi es la siguiente: el cerebro vive la ficción al igual que vive la realidad, con la única finalidad de poder saber que ocurrirá en seguida, pues por su naturaleza, el ser humano vive suponiendo y especulando sobre el futuro, inmediato o lejano, pero siempre (gracias a la ayuda de la imaginación) deduciendo y conjeturando sobre lo que podría suceder.

        Pero no es que las acciones repetitivas o cotidianas despierten mayores dudas sobre lo que podría ocurrir a continuación, pues el ser humano realiza actividades cotidianas que mantienen su existencia con cierta  comodidad y seguridad en lo habitual, por lo que requiere de sucesos o hechos novedosos para reavivar su cerebro, y la mejor y más eficaz ayuda es la ficción, pues en ella descansa la clave a la que se hará adepto incondicional: la incertidumbre, lo problemático, lo desconocido y por esto mismo, siempre insólito.

          Respecto al acto de leer, este es un suceso que ayuda a comprender a muchos otros seres humanos que pueden o no ser reales pero que, finalmente, fueron creados por un semejante y por lo tanto tienen características humanas esenciales.  Respecto a esto, Volpi dice que Leer ficciones complejas… se convierte en una de las mejores formas de aprender a ser humano. En la ficción, entonces, se encuentran sensaciones y acciones únicamente humanas, tanto positivas como negativas: emociones, sentimientos, reflexiones, consciencia, ideología, reflexiones, escrúpulos, prejuicios, etc.

           Volpi también menciona, acertadamente, que la ficción comenzó cuando se prefirió aceptar la mentira en lugar de contradecirla, cuando se tomó como algo verdadero a pesar de saber  su fraudulenta identidad, convirtiéndola así en una adaptación evolutiva.

            Respecto al engaño y la falacia, para Volpi Las ficciones no son falsedades comunes y corrientes, ni siquiera engaños asumidos a conciencia: son simulacros de la realidad, que es otra cosa. Y efectivamente, es otra cosa muy diferente. La simulación o fingimiento tiene como finalidad imitar, pero siempre dejando claro que se trata de una imitación y por lo tanto se realiza de manera deliberada, mientras que el engaño también tiene un fin, pero este es el de sustituir la realidad haciéndola pasar por la realidad misma sin dar visos de su verdadero origen, buscando el fraude.

         Volpi también habla sobre la teoría de los bucles extraños del científico y filósofo Douglas Hofstadter  que, en muy pocas palabras, ocurren cuando un sistema lógico se refiere a sí mismo, “salta” un nivel en la cadena de abstracción, formando y organizando un prototipo de conciencia que llega, posteriormente, a la percepción del yo. Se puede establecer que la conciencia es el producto de pensamientos que razonan sobre sí mismos hasta darse cuenta de ello (tomar conciencia)  y reconocerse como entidad pensante autónoma, de donde surge, posteriormente y como consecuencia, el tan citado yo.


Douglas Hofstadter
             
        A continuación, Volpi analiza el tema de la máquina de Turing (fabricada, por supuesto, por le genio británico Alan Turing) un mecanismo que sirvió para poder crear la primera computadora y que hasta ahora sigue siendo utilizado en ellas. En resumen, la máquina está conforma por una cinta marcada con el sistema binario y un elemento que lee y escribe, según el caso, estos símbolos, realizando un trabajo en serie. Esto viene al caso porque Volpi hace una asociación de la forma en que funciona esta máquina con el funcionamiento del cerebro humano, específicamente en la forma en que actúa el flujo de conciencia. Una vez que el ser humano desarrolla la conciencia, ésta se apropia de su mente y está activa en todo momento.


La máquina codificadora alemana 'Enigma'.


           Mediante el test de Turing se hizo un experimento para ver si una computadora podría tener, en algún momento (en caso de que pudiera crear bucles extraños para así poder concebir a su conciencia), las mismas respuestas que una persona daría a diversas interrogantes. Este test nunca obtuvo tales resultados, pues las computadoras nunca pudieron imitar  las respuestas del cerebro humano.

Alan Turing

          La mente humana tiene una forma singular de trabajar, ya que las neuronas a la hora de enfrentar un nuevo problema, rastrean y analizan de forma simultánea cientos de patrones similares, cuidadosamente ordenados en la memoria, a fin de encontrar la solución más adecuada para cada uno. Asociar situaciones, lugares, acciones o hechos a algún acontecimiento vivido previamente y que tenga las mismas características es un trabajo que realiza la mente humana de forma inherente y natural, para encontrar la forma más lógica y factible de actuar, lo más rápido posible, y sortear cualquier tipo de problema o imprevisto de cualquier índole siempre.

El cerebro crea modelos o guías que usa a diario para facilitar su existencia que, como cualquier otro sistema o parte del cuerpo, se atrofian si no son utilizados con frecuencia. Esta es la explicación de que las cosas se olviden o se recuerden con facilidad: se olvidan cuando sus conexiones se han abandonado (cuando sus referentes no se han reforzado) y por lo tanto el cerebro lo relega al olvido, pues a pesar de no tener un espacio limitado de información, como cualquier dispositivo de almacenamiento, si tiene un límite para la información más cercana (una especie de memoria RAM, en computación) que debe tener los elementos más frecuentes y necesarios siempre listos, de manera que los elementos que no son tan importantes o frecuentes son relegados o, simplemente, olvidados.

Para el cerebro un hecho real o ficticio, a nivel mental, es exactamente lo mismo, pues ambos se desarrollan mediante los mismos impulsos electroquímicos, por lo cual para él ambos ocurrieron con la misma vivacidad y guarda patrones de comportamiento de ambos, razón por la cual la ficción deviene en algo verídico y la identificación con sus elementos se da con suma realidad.

Como el mismo Volpi lo dice, las ideas no tienen dueño, el genio consiste, en todo caso, en modificar – en mutar – las ideas de los otros, en volverlas más eficaces o más precisas. Y es en este punto donde se le puede otorgar el mérito no de ser el primero en pensar todas las ideas anteriores en su texto (pues este es ya el final del capítulo 4, página 114), sino en conjugarlas en un mismo sitio y darles su toque personal, pues muchos han sido quienes han publicado libros, textos de diferentes extensiones, ensayos y demás obras escritas al respecto. El merito entonces, a partir de la conjugación de información y el tratado personal de esto, es que Volpi compagina ciencia con ideologías subjetivas tanto de otras personas como de él mismo, logrando en su ensayo un estudio científicamente comprobable y por lo tanto válido.

Sólo queda por ver a las neuronas espejo. La neuronas espejo son las encargadas de activar la imitación, mecanismo esencial para nuestra supervivencia así como la empatía. Para Volpi, toda la fuerza o poder de la ficción se encuentra en la labor realizada por las neuronas espejo, pues ellas se encargan de crear la conexión entre la persona y la obra de ficción, de donde se desprende una idea todavía más amplia y generosa, la humanidad. Las neuronas espejo son las responsables del entendimiento entre los seres humanos, de que exista comprensión y entendimiento entre ellos para que pueda surgir la tolerancia y el respeto.

Por todo esto, la ficción, y en especial las obras que pueden ser consideradas como canónicas, sin contar toda la buena literatura que existe actualmente (sin entrar en detalles sobre lo que es “buena” o “mala” literatura, pues es un trabajo sumamente grande y laborioso) no son sólo un pasatiempo o una actividad agradable de ocio: transforman a la persona que las lee gracias a todos los mecanismos mentales que suceden a través de la lectura y de la activación de diversas capacidades mentales que la acercan a su especie y por lo tanto la hacen más humana: …las emociones provocadas por la ficción (o la poesía) nos enseñan a ser auténticamente humanos.*


El libro lo pueden adquirir en las librerías Gandhi, El Péndulo y El Sótano.
*Todas las citas utilizadas fueron sustraídas del libro Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción.

martes, 17 de junio de 2014

Subrepticio - Lola Ancira

Tras meses sin publicar cuentos de mi autoría aquí o en otro medio, me complace anunciarles que Subrepticio, uno de los últimos cuentos que he escrito, ha sido publicado hace unos días en la revista digital La hoja de arena.

Pueden leer el cuento directamente en el sitio en el siguiente enlace, en el que hay algunas opciones para compartirlo en diferentes redes sociales.

Esta es también la primera vez que escribo algo respecto a mis cuentos como introducción, que sólo había hecho cuando los cuentos pertenecían a otros autores, y formará parte de los cambios que van surgiendo en el blog, así que, lectores imaginarios, espero que les agrade.

Específicamente, al escribir este cuento, recordé una frase que asegura que si el autor no se conmueve con lo que escribe, el lector tampoco lo hará, y sólo me queda decir que volver a este relato me deja con una sensación de desasosiego y ansiedad que sólo se experimentan al estar ante una situación (real o ficticia) que implica anular esa seguridad consabida que construimos al rededor de nuestras vidas y con la que hemos creado un tipo de red de soporte para poder existir.

Dejen entonces que su imaginario encuentre el peligro a través de las sensaciones que esta lectura les podría provocar, ¡adelante!


De la película "Lolita" (1997).



Dos llamadas a su teléfono celular bastaron para lograr la intimidad necesaria. Por alguna razón, no pudo más que ser honesta con aquella voz anónima pero decidida, con ese tono masculino que pronunciaba las palabras con exactitud y que parecía tener el diálogo preciso. Aquella voz que había surgido de la nada sabía detalles que sólo puede conocer alguien que observa con atención durante largo tiempo, y ese halo de misterio fue precisamente lo que le permitió idealizarlo y asociarlo con una figura a la que deseaba conocer y tener cerca. En la tercera llamada concretaron el encuentro.

Pactaron un lugar cercano al colegio donde ella estudiaba, y que él tenía perfectamente ubicado, después de las clases del jueves. Ya en aquel lugar y llegado el momento, tras un saludo de reconocimiento, él, notablemente más alto que ella, la llevó por algunas calles que se volvieron desconocidas y llegaron hasta un automóvil al que la invitó a subir, a pesar de que nunca le mencionó algo sobre abordar un auto, pero la idea de una osada aventura fuera de las tardes de tareas y dibujos animados la incitó a subir. Sus labios maquillados con carmesí y los lentes oscuros hurtados a su madre contrastaban con las dos coletas de su largo cabello castaño y reafirmaban la idea en ambos de que aquella tarde sería prometedora.

El viaje estaba siendo muy largo, o al menos eso pensaba ella, un poco confusa pero siempre atenta en aquellas manos y brazos fuertes que sostenían el volante, en los músculos que se marcaban a través de su playera ajustada y los jeans que cubrían unas atléticas piernas. Sintió entonces cierta timidez en los finos vellos de sus piernas delgadas, sus calcetas blancas y sus zapatos negros, de la falda de ese uniforme con la que salía de casa hasta la rodilla y que en el baño del colegio, al llegar, doblaba en su cintura hasta que lograba acortarla lo suficiente, del suéter con sus iniciales bordadas y de su mochila de colores brillantes. Pero sintió también, esta vez con certeza, timidez por un acto que ella advertía como reprobable, pues querer devorar el mundo adulto de un bocado sin saber de lo que está hecho para lograr conocer así todos sus misterios, todas sus ruindades ocultas presentadas entonces con astucia y con una voz a modo de disfraz, era un suceso sin duda alarmante.

Se detienen repentinamente en un portón negro que no deja ver la fachada de alguna casa que debe estar detrás. Ella empieza a dudar de sus decisiones pero no quiere verse como una cobarde, así que baja del auto cuando él le abre la puerta y caminan hacia la entrada. Ya dentro, se escuchan algunos pasos en otras habitaciones, voces que susurran y puertas que se abren y cierran. A través del sonido simple de la chapa, se da cuenta de que él no cerró con llave y siente entonces un pequeño alivio. La conduce a lo que parece ser una sala y la coloca en el centro de un sillón para dos personas, justo enfrente de una cámara de video que tiene una pequeña luz roja parpadeando. Le dice que volverá en un momento y que se sienta libre, como en su propia casa; pero en lugar de la tranquilidad usual que otorga esa idea, un estremecimiento eriza sus vellos y lo trata de ocultar al instante, frotando sus piernas, pues escucha unos pasos que se acercan con rapidez.

Espera ver aquel cuerpo tan bien estudiado pero en su lugar aparece, en el resquicio de una puerta del otro lado de la habitación, una figura casi idéntica a ella en cuanto a proporciones, debe ser una niña de diez u once años, vestida de una manera particular, con la que sólo había visto a algunas mujeres en hojas de revistas regadas en las calles o en páginas de Internet que salen sin previo aviso. También está maquillada, pero no deja ver todo su rostro. Inesperadamente, debajo de ese rostro, se asoma otro con las mismas características y luego un tercero, este último ostentando una marca violácea que rodea el único ojo que deja asomar. Sueltan algunos sonidos ininteligibles y la observan atentamente, incluso señalan el lugar por donde él entró y hacen ademanes de que vaya, que “regrese por donde ha entrado”, quiere interpretar ella, con sensatez. Pero bajo esta confusión irritante y a punto de ponerse en pie, aparece él precisamente en el lugar que estaba siendo señalado y las caras y brazos se esconden con una premura aprendida y temerosa, por lo que probablemente no fueron vistas por nadie más que ella.

Él camina con una sonrisa un poco diferente a la que ella conocía. Se acerca a la cámara y oprime un botón con el que la pequeña luz roja ya no parpadea: se ha convertido en un eterno punto rojo distante que crea un testimonio veraz de todo lo que ocurre en ese lugar.

Se dirige hacia el sillón y se sienta a su lado, a unos centímetros de distancia. Gira su cabeza y la mira fijamente, aún con esa sonrisa de la que ella empieza a dudar pero en la que todavía confía. Entonces pasa lo que se había estado postergando: el besa sus labios, unos labios fríos de terror debajo de unos ojos que en ningún momento se cierran y una mente que con sorpresa advierte que aquel instante está muy lejos del planeado y estudiado tantas veces ya frente al espejo o con el dorso de la mano. Sin separarse de su rostro, ella ve como una de las manos se acerca a su cuerpo y se dirige exactamente a donde deberían estar sus pechos, a esa parte que con ansias espera que se desarrolle y por la que ahora siente aflicción, pues está siendo palpada por una mano desconocida y grande que busca algo que no hallará; quizá por eso mismo la acaricia. Su terror aumenta cuando siente cómo aquella mano baja por su vientre hasta llegar a su joven pelvis, se desliza hacia un lado y sigue bajando por el muslo derecho. Es entonces cuando él se separa de ella y le ofrece algunas golosinas como muestra de simpatía, pero sus propias manos, frías y sudorosas, le impiden tomar aquel botín. Él lo deja entonces entre los dos y toca su rostro, ese rostro agraciado que a la distancia reflejaba cierta inocencia e ingenuidad que constata ahora, al poder tocarla.

La única sonrisa de la habitación hace algunos segundos que se transformó repentinamente en otros gestos, en gestos lascivos que reflejan la verdadera intención de aquella visita. La docilidad que ella había mostrado hasta entonces ya no era una opción, por lo que intenta ponerse de pie, pero él sujeta con fuerza su muñeca, tratando de no lastimarla. Entiende ahora que todo lo que ocurra será conforme él lo decida y de nuevo se sienta, experimentando un sentimiento de vulnerabilidad que sólo se puede sentir a los once años, pero al mismo tiempo advierte poder y serenidad, un visible dominio de la situación a pesar de ser caótica.

Con algunas de las reglas entendidas por la nueva jugadora, el protagonista empieza a desabotonar sus jeans. Su mirada denota ahora un lenguaje mudo que se interpreta sin necesidad de ningún idioma, ella sabe que dos voluntades opuestas buscan lograr su finalidad y que la perversidad tiene un rostro, y es precisamente el que está a su lado. Intuye que las fantasías son algo lejano ahora y que están incluso en una dimensión diferente a la de la realidad, que no basta imaginar para conocer. Todo esto pasa por su cabeza al tiempo que él se frota sus genitales frente a ella, sin anunciar la inminencia del momento. Repentinamente, libera un órgano que ella había imaginado ya pero que al saber real cobra una sensación de riesgo inminente que excede cualquier acto y posibilidad imaginada, que la sitúa en la realidad y que vuelve tangible al terror.

Él toma una de sus manos y se sorprende al percatarse de la baja temperatura en ella y el aparente dominio y entereza de aquella niña. Guía la mano hasta su miembro y hace que lo toque ligeramente. Entonces, haciendo uso de la fuerza necesaria, toma su cabeza y la acerca cada vez más a su entrepierna. Pero, incluso en tal circunstancia, existen ciertas delicadeza y parsimonia en el trato que empieza a provocar ciertos efectos en quienes no estaban contempladas en esta escena.

La resistencia no se hace esperar y ya con visibles lágrimas corriendo por su rostro, pronuncia un “no” que con dificultad se hace audible. Él se detiene entonces y limpia las lágrimas con sus dedos pulgares, tratando de evitar la catástrofe, los gritos, los golpes. Porque a pesar de la situación, empieza a importarle, pero no lo suficiente como para liberarla. No ahora, no en este álgido y placentero momento. Logra de nuevo tomar las glaciales manos y colocarlas en su miembro, que al contacto con el cambio brusco de temperatura obtiene un placer singular que lo priva en los segundos exactos en que el ataque infantil se desata: tres niñas pequeñas salen corriendo, toman en sus manos cualquier objeto disponible: un teléfono fijo, un pequeño jarrón de porcelana china y un cenicero de vidrio grueso. Pasan desapercibidas incluso por ella, que en ese momento mantiene los ojos cerrados tan fuerte como le es posible.

Los golpes se suceden de manera rápida y alarmante: al tiempo que el jarrón se estrella en la cabeza del proxeneta, el cable del teléfono fijo rodea su cuello y es tirado con fuerza mientras que el cenicero golpea certeramente sus testículos. No sabiendo a que dolor atender primero, él involuntariamente libera un sonoro grito con el que ella por fin abre los ojos y se da cuenta de lo que ocurre. Es una oportunidad que no estaba planeada, una oportunidad de libertad otorgada involuntariamente por el recelo y la envidia de las otras criaturas confinadas.

Sin quedarse a observar aquella épica batalla, sólo acierta a tomar su vistosa mochila (que dejó precavidamente a un lado de la puerta principal) y salir al portón que, por más que intenta, no logra abrir. Los gritos no se han dejado de escuchar y presiente que en cualquier momento estará de nuevo dentro de la casa, por lo que busca desesperadamente una salida de la situación errónea que ayudó a crear. Logra ver, en la parte donde el portón se unía a la pared, una pequeña entrada en la parte baja, un recuadro tapado únicamente por una cortina de plástico, que seguramente dejaba entrar y salir algún tipo de animal pequeño. Al siguiente segundo logra salir a través de él y pisar ese mundo del que fue separada los minutos suficientes para conocer una parte aún inexplicable de la vida. Corre en la dirección en que ve más luces, a pesar de que ser diminutas, y se pierde en una infinidad de árboles y veredas.

Después del fracaso, él deja pasar uno, dos días. Al tercero, imagina cómo será la llamada: le preguntará porqué se marchó, lo mucho que le había gustado y que todos los dulces que había comprado sólo para ella seguían ahí, en el sillón. Prometerá no volver a besarla, a tocarla, hará cualquier cosa que haga que ella esté de nuevo con él. Imagina también cual será la respuesta a sus palabras y que no tendrá que esperar más de un par de horas para volver a tenerla justamente donde y como él quiere. El error estúpido de la puerta sin asegurar no se volverá a repetir y aquellas entrometidas ya han aprendido bien la lección (y seguramente la compartirán con su futura compañera de juegos).

Toma el teléfono celular y marca el ansiado número. El timbre suena una, dos veces. Deja que suene dos veces más y cuelga. No puede creer que lo haga esperar tanto. Pero ya se vengará a su modo. Marca una vez más. Al segundo timbre, ella acepta la llamada, pero no se escucha su voz. Toma entonces la iniciativa y con un efusivo “¡Hola! Me encantaría volver a verte, me fascinaste. ¿Cuándo puedes?” espera obtener la respuesta deseada y salir de inmediato por ella. Pero como toda respuesta recibe dos palabras, que salen de una voz más profunda que la suya y aún más grave, que contesta:

―¿Quién eres?