sábado, 22 de febrero de 2014

Angelitos empantanados o historias para jovencitos – Andrés Caicedo



Lo único que quiero es dejar un testimonio,
escribir aunque sea mal, aunque lo que escriba no sirva de nada
que si sirve para salir de éste infierno por el que voy bajando,
que sea ésa la verdadera razón por la que he existido…”
Andrés Caicedo, Carta a Carlos Mayolo, 13 de enero de 1972

Angelitos empantanados o historias para jovencitos de Luis Andrés Caicedo Estela (escritor colombiano, 1951-1977) es una novela corta (poco más de 100 páginas) de publicación póstuma que realizó la Editorial Norma de Bogotá en 1995.

Antes de comenzar con la reseña de este libro, le dedicaré unas líneas al autor, pues escribir y leer a Caicedo me sumerge en un sentimiento de desasosiego, en una inquietud ya no por decir, sino por gritar que Andrés necesita ser leído, invocado a través de sus letras:



Con aquella mirada se inventó mi destino, que fue cruel.
Andrés Caicedo

Caicedo, me duele escribirte, pues lo hago pensándote como un amor pasado y quebradizo, con tu imagen en la mente como si te hubiera dejado así el día de ayer y hoy ya no estás. Me duele escribirte porque te se ahora parte de mí, porque me reconozco como tu semejante en el dolor y en esta maldita ansiedad que no nos deja, que nos conforma. Porque se que también lees estas letras, en tus perpetuos 25 años y hermosa imagen congelada, porque lograste lo que me pienso incapaz de hacer. Porque envidio tus letras y tu vida, porque te otorgo la razón. Y, finalmente, por esta incapacidad que me limita, por no poderte tocar, por saberte tan imposible e inexistente, al menos en mi realidad. Porque a través de tu mirada y letras veo mi propio abismo y sí, este me mira de vuelta. ¿Será que vienes a llevarme de la mano, para que no sienta miedo? Mi numen empantanado.

Caicedo afirma, en ¡Que viva la música!, su primer novela publicada, que vivir más de 25 años es una insensatez, y se suicida precisamente a esa edad, el 4 de marzo de 1977, mismo día que le entregan un ejemplar de la copia de su novela recién publicada. Existen diferentes testimonios sobre lo que ocurrió ese día después de recibir la copia de su libro y antes de ingerir 60 pastillas de secobarbital, pero lo cierto es que partió satisfecho de haber logrado difundir parte de su obra, pues del resto se encargaron amigos y familiares, y quizá eso ya lo tenía en mente.



Caicedo era una figura hermosa: alto, delgado, de cabello largo y mirada profunda, de sonrisa grande y mente atroz. Nació con un infierno propio al que reconoció, aceptó, y al que, tras algunos intentos fallidos, decidió huir. En su obra, Caicedo retrata a su país, a su sociedad, como una realidad atrayente e incluso encantadora, pero insufrible en un par de días. La reclusión es en cierto punto el plan ideal, después de algunas experiencias, pero incluso las necesidades básicas pueden arruinar tan simple felicidad.



Quizá conocer la muerte a temprana edad, con el deceso de su hermano menor, fue el inicio de un idilio que culminaría él mismo. Caicedo no culpó a nadie por su muerte, simplemente deseó poner fin a ese anacronismo y sinsentido en el que se había convertido su vida a los 24 años (como él mismo lo refiere a su madre en una carta escrita en 1975, dos años antes de suicidarse) y porque desde los 21 no lograba entender el mundo.

Caicedo fundó, en su natal Cali, el Cince-Club, la revista Ojo al cine y una vanguardia contestataria. Caicedo no sólo pensaba y escribía, también actuaba y más que un cambio radical, buscaba primero informar, difundir y expresar, entrar desde la mente y transformar consciencias. Dejó, a pesar de haber sido corto su tiempo de creación, una obra considerable integrada por ensayos, poesía, cuentos, tres novelas inconclusas y más de 20 cuentos. Han sido 9 sus publicaciones póstumas y en 2012, en su país natal, realizaron la exposición Andrés Caicedo: Morir y dejar obra con archivo donado por su familia a la Biblioteca Luis Ángel Araujo.



En Angelitos empantanados, Caicedo nos ofrece varios datos autobiográficos y nos presenta una ciudad que sucumbe ante los embates de la modernidad y el desarrollo; nos describe a la naturaleza presa del hombre y la execrable urbanización. A través de una mirada adolescente, nos hace partícipes y nos vuelve testigos de las problemáticas amorosas así como de la violencia de las que todos hemos sido víctimas, de alguna u otra forma, pues aunque la experiencia afectuosa se da entre dos personas, las agresiones surgen, comúnmente, de un grupo social, por todas las implicaciones colectivas que conlleva. Caicedo formó parte de estos angelitos empantanados, de estos adolescentes interesados únicamente en su propia persona y en el ahora, pero que también tenían curiosidad por el exterior.

Una característica de estos angelitos, es que pertenecen a una clase social alta y estudian en colegios con buena reputación, cuestiones que usualmente augurarían cierta estabilidad o felicidad, pero lo que rodea sus vidas e incluso se encuentra dentro de sí mismos es un sentimiento de no pertenencia, una soledad que busca compañía con sus semejantes y la siempre latente pulsión de muerte: varios de los personas secundarios e incluso primarios mueren accidentalmente, desaparecen o son víctimas de actos brutales. Existen adultos en la narración, sí, pero aparecen como una mancha gris, como restos decrépitos de lo que alguna vez fueron, personas en decadencia debido a enfermedades o adicciones, sombras desterradas de sus cuerpos que se han convertido en simples espectadores de la vida.

He leído en reiteradas ocasiones que estos adolescentes, al igual que Caicedo, rehuyen del mundo adulto y se niegan a formar parte de él, pero para mí esta afirmación no es tan terminante. No rehuyen, simplemente no es lo que les toca vivir. Narran sus vidas precisamente desde el punto en el que se encuentran en ese momento, no rechazando el mundo adulto o las responsabilidades, simplemente no tomándolo en cuenta, pues no es vital en su contexto. El detalle aquí está en que, tanto Caicedo como sus personajes, se han congelado en el tiempo y no llegarán nunca a la edad adulta. El mundo adulto está excluido, pero no a manera de rechazo, sino como un cosmos extemporáneo a sus edades.

Impresiona el cambio de la voz narrativa, pues en los primeros capítulos el narrador es el protagonista, un adolescente que relata cómo conoció a su primer amor, en el segundo capítulo los narradores son Angelita, la adolescente de la cual está enamorado el protagonista, Miguel Ángel, otro adolescente que es el novio de Angelita y, por último, Berenice (nombre proveniente de la misma Berenice de Poe), una mujer mayor que se dedica a la prostitución. En el tercer capítulo el narrador es Miguel Ángel, de nuevo. Otra peculiaridad de esta novela, es que según el personaje que esté narrando, la historia toma cierto enfoque e incluso puede cambiar radicalmente, algo semejante a lo que pasa en la realidad de todos, pues las perspectivas personales son por completo subjetivas. En el caso de estos angelitos empantanados, los finales de sus propias vidas pueden variar entre envejecer felizmente juntos, ser víctimas jóvenes de atroces asesinatos o morir por mano propia tras concebir un elaborado plan. El lector decidirá qué historia es la que más le agrada, como pasa con la historia de vida del autor.

La siguiente entrada estará dedicada al cuento del mes que será, por supuesto, de Caicedo. Pueden leer las primeras páginas de esta novela en el siguiente enlace del Punto de lectura. Para finalizar, transcribo las mejores líneas de este libro, que fueron varias y que realmente me fascinaron:

“... agitado con tantos recuerdos, tan desordenados como dolorosos, o más bien: dolorosos por lo desordenados.” P. 9

“... ella mantenía como una agresividad que se manifestaba, sobre todo, en lo desprevenida que paseaba su belleza, y un tímido hubiera prevenido allí una humillación, cierto gesto duro en la boca, suficiente, se lo advertía, cierto sentimiento de alerta en la mirada.” P. 10

“(...) terror (...) tal palabra significa para mí un lugar común.” P. 13

“Es una oscuridad que tritura” P. 18

“(...) le encontré en la mirada una desesperación extraña(...)” Ibídem

“Con aquella mirada se inventó mi destino, que fue cruel” P. 19

“La misma sequedad de boca se me ha debido pasar a la mirada, porque ella me miró de nuevo y le parecieron tan feos mis ojos que prefirió seguir mirando el suelo. (...) nunca más pudo dejar de mirarme como a un enfermo.” P. 22

“Yo sí le había advertido una gran capacidades de concentración en asuntos sin importancia.” P. 23

“Caminaba por el patio en la misma ausencia de dirección que puede tener un delirio, sin ver a dónde era que ponía el siguiente paso...” P. 25

“(...) el viento sonaba en las esquinas y en los árboles y retumbaba sin forma dentro de su cabeza.” P. 26

“(...) me los he imaginado abrazados, meciéndose uno en el otro, arrullados por la misma lloradera.” P. 28

“Para ella el Fin del Mundo siempre quiso decir un lugar concreto, a donde podían llegarse los hijos pródigos y los expatriados. Quién sabe qué pensará de todo esto ahora que está muerta.” P. 29

“(...) y en la mano una ramita o un terrón, sus modestos recuerdos de otras edades del mundo.” P. 30

“(...) sólo por un segundo, experimenté una incapacidad intelectual de ver con gozo a las personas.” P. 31

“-Te he estado buscando (y aproveché para sacar de una todo el aire que retenía) porque te quiero mucho. ¿Quieres ser mi novia?
Fue como si le hubieran dado de coces en la cara. Se echó para atrás bufando.
-¿He dicho algo malo? -dije, parándome de mi comodísima posición-. Perdóname, perdóname.
Angelita cogió un puñado de piedras y comenzó a arrojarlas al agua, con movimientos duros.
-Y yo que he gozado con tu presencia -fue lo que dijo.” P. 33

“¿Qué clase de ser especial se creía para demandar del amor algo más complicado?” P. 34

“Durante la cierta lucidez que da la caminata comprendí lo siguiente: que hiciera lo que hiciera en lo que yo decidiera fuese el resto de mis días, siempre estaría allí esa rabia para entorpecer cualquier acción, un examen final para el que no estudiaría jamás, una lección oral no dada. Entonces decidí convertir aquella rabia en pura tristeza, y la única manera era aceptar con despojamiento mi destino, uno que pocos hombres lo tienen ya: el de romántico desgraciado. Mi única acción de los días no sería otra que pensarla y lamentarme, y a todas esas iría convenciéndome de mi singularidad y mi grandeza.” P. 35

“-Olvídame: te desafío-. Pero yo ya me había decidido por los gajes de la cobardía.” P. 36

“Hombre de grandes derechos: ha tenido acceso a la fuente de la belleza y a cambio no tiene más deber que el sufrimiento.” P. 36

“Qué van a comprender el que un hombre lo deje todo por la que le paga mal.” P. 36

“(...) dicen que conoció a una mujer que, aunque correspondiéndole, lo volvió loco.” P. 36-37

“Yo caminaba era mirando a la altura de los postes (desde que la conocí perdí la costumbre de mirar al suelo).” P. 37

“-Aló, aló -me dijo, dándome pataditas-. Cómo vamos de abismo.
Me voltié y lo miré.
-Todavía no toco fondo -le dije. A su lado estaba una mujer de blanco.
-Puede que no haya fondo -dijo Danielito.” P. 38

“Esta exuberante vegetación, esta libertad (...) no hacen más que recordarme mi mortandad.” P. 39

“Me compliqué la vida con una nueva crisis: primero un pánico y una vergüenza que yo volví, con habilidad, una monotonía general, pues de otro modo me era imposible seguir viviendo.” P. 41

'“Que te vaya bien en tu primer día de muerte, amor mío.” Ahora siento que me vuelven las fuerzas.' P. 44

“(...) esas horas eran cuando más dizque sufría y tenía que hacer sonidos raros para ahuyentar las penas.” P. 46

“(...) me veía la cara y ahí mismo sabían que yo estaba pensando en mi amor muerto.” P. 50

“Levantarme todos los días, ¿quién va a poder vivir así?” P. 56

“(...) me aburrí del mundo, no salgo más aunque te pongas a chillar.” P. 59

“(...) me despertaba contándome una historia de una niña que cayó a un pozo tan profundo, tan profundo, que hasta tuvo tiempo de pensar encima de qué caería cuando tocara fondo. Y así yo iba abriendo los ojos, sin afán, con calma, y fijaba la imagen de mi madre sobre mí cuando después de caer y caer, la niña comprendía que había caído en un pozo sin fondo.” P. 60

“Pensé que me iba a dejar abandonada este domingo, abandonada no, algo peor, después le cuento.” P. 65

“¿Por qué está tan callado? Y se pegaba más el teléfono. Y yo tenía que apartarlo rápido de la oreja, no fuera que su voz se me metiera de pronto, ¿qué tal? Una palabra de ella metida para siempre aquí en el coco, mi nombre dicho por ella.” P. 66

“(...) ella olía a pesebre y a a tristeza de niñito viejo.” P. 69

“Poeta soy, así como loco. Lo único que me falta es tocar la guitarra eléctrica.” P. 70

“(...) dolores y males sin nombre, reliquia de un mundo olvidado, condición de melancolía, oscuro (...)” P. 70

“(...) el exceso de charla también produce angustia.” P. 71

“(...) tratando de pillar el primer recuerdo de mi vida, ahora que no recuerdo nada, ahora que no necesito de memoria, como no sea para terminar de contar este cuento.” P. 74

“Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco. Lo cierto es que aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. Diremos pues que estoy loco. Concedo por lo menos que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida que no puede discutirse y que pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda que pertenece al presente y a lso recuerdos que forman la segunda era de mi existencia. Lo que pasa es que soy muy feliz en la duda y en la sombra.” P. 75

“(...) leyeron y no supieron si el recuerdo que les producía, la sensación de nostalgia insoportable, venía era del pasado o del futuro.” P. 76

“Quise contarle algo, buscar, en mi soledad, ayuda.” P. 76

“Estaba loco de la dicha, no importaba que perdiera la memoria, que los ojos se me llenaran de muerte, que el pelo se me secara todo de tanto sufrir tanto.” P. 79

“Regresé a ella en ese domingo porque por ella había perdido la memoria. (...) Regresé para recordar que la quería. (...) el silencio y el perpetuo movimiento se me parecían a ella.” P. 80

“(...) lloraba mirando al suelo como si en el suelo estuviese la causa de su futuro, de su desgracia.” P. 83

“(...) porque la presencia de ella era pura condición de soledad y (...) porque me dejara de ser tan bobo si creía que ella iba a malgastar su amor en una sola persona (...)” Ibídem

“(...) mi amigo no era como yo, aunque también se trastornaba con los dientes de Berenice.” P. 84

“Y comenzamos a llenar los tableros de la clase con las 8 letras de su nombre a 2 colores, y los muchachos que me preguntaban qué quiere decir eso, ¿es el nombre de una hembra? Cuál hembra, les decía yo, es el nombre de un cuento.” P. 85

“Era como si nunca hubiera estado contigo, ésa era la verdad: te olvidaba. Ella no concedía el regalo del recuerdo, no se podía (...)” Ibídem

“A la mujer de ojos irritados de tanto hacerle compañía a su llanto (...)” P. 87

“Soy nave sin regreso, un amor en vano, un terco peliador de medianoche. Yo guardo los 7 trocitos blancos que arranqué de sus encías. Tuve que botar el resto porque estaban llenos de caries. Raíces del cielo. Yo poseo una caja negra, pulida, redonda, en donde guardo las puntas de sus senos y bien conservado ese par suyo de ojos, y un poco de su pelo. Y ahora voy a compra un equipo completísimo de aire acondicionado.
Ven a visitarme.” P. 89

“(...) tengo que acomodarme a la tristeza, o aceptar que la desesperación es la única vía de acceso a todo en este nuevo día, y decirme que son las 6 (...)” P. 91

“(...) tampoco puedo tratar de explicárselo porque hay cosas que dejan de significar apenas tratamos de encontrar un signo, un código que les dé expresión, así que ella tiene que soportar su ignorancia de mí si vamos por la calle y yo pego un grito en mitad de la calle o me jalo los pelos, y es porque tengo que estar en guardia desalojando pensamientos impensables, innominables, o si no me muero (...)” P. 96

“Miraba a Angelita como con una cara de sufrimiento, como si no comprendiera el mundo (...)” P. 102

“¿A qué olerá el beso de un hombre que tiene el infierno adentro?” P. 103


5 comentarios:

  1. Gracias, literalmente me hiciste la tarea *-*

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  2. Aun así, me ha encantado lo que has hecho, es perfecto UnU

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  3. Aun así, me ha encantado lo que has hecho, es perfecto UnU

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    1. ¡Gracias por la visita! Qué gusto que Caicedo siga encontrando lectores.

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  4. Andresito es cruel, te hace encariñarte a personajes que sabes que van a morir

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