lunes, 7 de enero de 2013

El club de los suicidas – Robert Louis Stevenson




Reseña personal: El club de los suicidas y otros cuentos (1878) de Robert Louis Stevenson (escritor escocés,1850-1894) son relatos que constituyen una misma historia o novela policíaca publicada en 1878 en la London Magazine, y que forma parte de una compilación de narraciones en secuencia que pueden leerse tanto de manera individual como en conjunto. Estos cuentos forman parte del primer volumen de Las nuevas noches árabes, antología de la obra de Stevenson hecha por él mismo, y son un exponente formidable de la literatura victoriana. La obra está narrada en tercera persona y está compuesta por singulares y atribulados personajes.

Específicamente, El club de los suicidas consta de tres cuentos redactados con maestría y están enfocados en la historia del príncipe Florizel de Bohemia y su “confidente y Caballerizo Mayor”, el Coronel Geraldine, durante su permanencia en Londres. Gracias a un acontecimiento fortuito, llega a ellos la información sobre el Club de los suicidas, que intriga en demasía al príncipe, quien decide enviar al Coronel para averiguar de que se trataba y así confirmar la información:

-¡Afortunados seres! -exclamó el joven-. Cuarenta libras es el precio de la entrada en el Club de los Suicidas.

-¿El Club de los Suicidas? -inquino el príncipe-. ¿Qué demonios es eso?

-Escuchen -dijo el joven-. Ésta es la época de los servicios y tengo que hablarles de lo más perfecto que hay al respecto. Tenemos intereses en distintos sitios y, por este motivo, se inventaron los trenes. Los trenes nos separan, inevitablemente, de nuestros amigos, y por ello se inventaron los telégrafos para que pudiéramos comunicarnos rápidamente a grandes distancias. Incluso en los hoteles tenemos ahora ascensores para ahorrarnos la subida de unos cientos de escaleras. Ahora bien, sabemos que la vida es sólo un escenario para hacer el loco hasta tanto el papel nos divierta. Había un servicio más que faltaba a la comodidad moderna: una manera decente, fácil, de abandonar el escenario; las escaleras traseras a la libertad; o, como he dicho hace un momento, la puerta secreta de la Muerte. Esto, mis dos rebeldes compañeros, es lo que proporciona el Club de los Suicidas. No supongan que estamos solos, ni que somos excepcionales, en el muy razonable deseo que experimentamos. A un gran número de semejantes nuestros, que se han cansado profundamente del papel que se esperaba que representaran, diariamente y a lo largo de toda su vida se abstienen de la huida final por una o dos consideraciones. Algunos tienen familias, que se avergonzarían, y hasta se sentirían culpadas, si el asunto se hiciera público; a otros les falta valor y retroceden ante las circunstancias de la muerte. Hasta cierto punto, ése es mi caso. No puedo ponerme una pistola en la cabeza y apretar el gatillo. Algo más fuerte que yo mismo impide la acción; y, aunque detesto la vida, no tengo fuerza material suficiente para abrazar la muerte y acabar con todo. Para la gente como yo, y para todos los que desean salir de la espiral sin escándalo póstumo, se ha inaugurado el Club de los Suicidas.” Como bien lo expone Stevenson, el suicidio es una acción demasiado problemática para la sociedad, dejando de lado al propio interesado, por lo que esta asociación se encarga de 'disfrazar' el condenado acto.

El club de los suicidas es, entonces, una sociedad de desencantados individuos que buscan llegar a aquello a lo que no pueden acceder de manera personal y dejan en manos de un tercero (por más de un motivo): la muerte. Específicamente, la literatura ha revelado la constante inquietud tanto del hombre como de la sociedad sobre el tema del suicidio.

Quizá ese miedo por obtener la muerte no sea meramente físico, sino metafísico: “¿Hay algo en la vida que desilusione tanto como obtener lo que deseamos?

El suicidio es un fenómeno humano universal que ha estado presente en todas las épocas históricas y, sin embargo, las distintas sociedades han mantenido hacia él actitudes enormemente variables en función de los principios filosóficos, religiosos, morales e intelectuales de cada cultura, pues muchas religiones monoteístas lo consideran un pecado y algunas autoridades lo juzgan como un delito, que era precisamente como lo concebía Florizel, por lo que se dio a la labor de perseguir al responsable de la creación de esta asociación para así poder sancionarlo, dando origen a estas narraciones de Stevenson. ¿Habrá logrado el príncipe su cometido?

Personalmente, debido a mis estrafalarios y siniestros (¡me encanta esa palabra!) gustos, y aventurándome demasiado al hacer esta aseveración, estoy a favor del suicidio y a terminar la vida como mejor nos plazca, siempre y cuando no afectemos a terceros (aunque eso es un poco improbable) o afectarlos lo menos posible, pues “Sabemos que la vida es sólo un escenario para hacer en él el tonto, tanto tiempo como nos divierta el papel.” Claro que esta idea no es terminante y se refugia en muchos otros pensamientos e ideas, y tampoco deseo incitarlos a realizar tal acto, pero si los exhorto a llevar a cabo el diálogo tolerante para respetar o confrontar esta práctica, que ya puntualicé como ancestral, pues finalmente “El diablo, estén seguros de ello, puede a veces hacer un acto caballeresco.”

Conocí este libro dando una vuelta por alguna librería, y lo que indudablemente me hizo comprarlo fue la siguiente frase en el texto de la contraportada: “Robert Louis Stevenson, admirado por escritores como Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes y Cesar Pavese, plasmó en sus cuentos la vivacidad nítida, la fascinación por la palabra justa y el desdén por todo exceso sentimental. También poeta y ensayista, en alguna ocasión afirmó que, si un hombre ama su oficio al margen de cualquier consideración respecto a la fama o el éxito, los dioses lo han escogido.” Y es que al leer "Borges", de inmediato quedé enganchada al libro, y descubrí también que su obra inspiró a escritores extraordinarios como H. G. Wells y Bioy Cásares.

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