lunes, 31 de julio de 2017

El triunfo de la memoria - Abril Posas





El olvido es un mecanismo de defensa necesario para la supervivencia, pues ayuda, mediante la represión y la supresión de los recuerdos negativos, a conservar la salud mental. Pero ¿que sucede cuando nuestra memoria no elimina únicamente las experiencias negativas?

Ésta es la temática de varios de los once cuentos que conforman El triunfo de la memoria (Paraíso Perdido, 2017), primer libro de Abril Posas (escritora mexicana, 1982). Dos de estos relatos fueron publicados en 2015 en la colección Instantánea de la misma editorial, plaquette con el que conocí a la autora y que se tituló precisamente como uno de ellos, Estática.

Estos cuentos plantean diversos enigmas relacionados con el recuerdo y el transcurrir del tiempo, con el atrofiamiento de la memoria o con lo contrario, su impasible proceder. También presenta a la rememoración como una maldición o una trampa, por lo que el olvido sería una liberación o, incluso, una bendición.

Entre botas Dr. Martin, terceros pisos, cicatrices, el penetrante olor de vísceras y cadáveres de pescado, cetáceos agonizantes y promesas que se cumplen sólo tras la muerte, encontramos en estos relatos potentes epígrafes musicales como antesalas, microcosmos o introducciones, y a diversos géneros musicales como trasfondo de estas situaciones. Posas crea con cada cuento maravillosas esferas que se rigen bajo sus propias reglas y realidades, y en ellos gana peso lo que Todorov definió como «lo extraño» dentro del cuento fantástico.






«Bitácora del olvido», el primer cuento del libro (disponible en VozEd), es el diario de Arcelia Méndez, una mujer joven y aparentemente sana cuya experiencia le plantea al lector una posibilidad extraña pero admisible: ¿qué pasaría si lo que conocemos desapareciera para los otros, pero no en nuestra mente? Para Arcelia, varias cosas fundamentales en su vida se van esfumando por fragmentos de la realidad, como si todo fuera una ficción que ha tenido un único lector: ella misma. Arcelia está inmersa en una especie de olvido a la inversa: ella recuerda ciertas cosas, como sitios concurridos o bandas musicales populares, pero los demás no. La ignorancia de los otros se vuelve un agente externo que va anulando o suprimiendo la validez de su existencia, y la narración refleja toda la angustia e incertidumbre que esto genera en ella.

En el relato que da título al libro, más que un triunfo de la memoria, hay un triunfo de la cotidianidad, el hombre es presentado como una víctima eterna de la costumbre a pesar de que sus circunstancias cambien repentina y fatalmente.

«Tu cicatriz en mí» es una estupenda historia donde Laura, la protagonista, se apropia de lo ajeno, pero de algo sumamente particular: de las experiencias de vida alojadas a través de marcas en el órgano más grande del cuerpo humano, la piel. Laura, consciente de que no tiene pasado alguno al cual asirse o sobre el cual hablar,  roba uno ajeno para generar empatía en un grupo muy particular.

Una relación efímera demasiado idealizada, que alude a la leyenda japonesa del hilo rojo (aquel lazo afectivo invisible y perpetuo que ata a dos personas a través del dedo meñique, sin importar la distancia que exista entre ellas), nos demuestra que pueden existir vínculos reales y fuertes a pesar de no haber contacto sexual alguno en «El último domingo», donde la autora también manifiesta que la persona rememorada cobra mucha más importancia que la presente, lo que vuelve al recuerdo algo mucho más valioso que la misma realidad.

Posas hace uso, en varias ocasiones, de un efecto vuelta de tuerca muy bien logrado, como en «Elena», donde una reacción inesperada pero justificada finaliza una serie de agravios. Otro ejemplo se encuentra en «Vamos a necesitar más cajas», donde la tranquilidad cotidiana y familiar se ve alterada por un suceso ilícito que es presentado con toda naturalidad.

Abril Posas demuestra en esta obra que la memoria es un arma de doble filo que tiene un lado mucho más agudo, y que es con éste con el que generalmente embiste.  

El triunfo de la memoria está a la venta en la tienda en línea de Paraíso Perdido, y cuenta con una lista de reproducción en Spotify.

En esta entrevista para el sitio Caile Gdl, la autora habla sobre su proceso creativo y la experiencia de publicar su primer libro, y el año pasado respondió el cuestionario Proust para Paraíso Perdido.

Para finalizar, transcribo algunas de mis frases favoritas:

Bitácora del olvido

«La historia de una desaparición que solo parecía dolerme a mí.»

«Si al nombrar algo lo hacemos presente, también debe funcionar para hacerlo desaparecer.»

«Me recordaba lo bueno, solo lo bueno, que tuve cuando lo forcé a estar a mi lado.»

«Cuando sientes que estás perdiendo la cabeza no es suficiente con experimentarlo desde la propia piel, alguien más debe reafirmarlo.»

«Andrajos de una madrugada que tampoco esperaba la violencia.»


Estática

«No había manera de que una persona no fuera ni un susurro en los registros.»

«Supo lo que era el frío añejo al que sobreviven los enormes icebergs que flotan insurrectos hacia aguas más tibias para sentir el alivio del calor, aunque esto signifique su propia muerte.»

«El infierno, se dijo, es todo lo que permanece estático, sin cambio, y se llena del polvo de los años mientras todo se desintegra. Excepto uno mismo.»


Una promesa

«‘Los fantasmas’, le confesó, ‘tienen una memoria muy extraña. Por eso los dejamos recuperarla a su propio ritmo’.»


El triunfo de la memoria

«El mismo enfado de quien ya sabe que el forcejeo será el mismo, será eterno, mañana, la semana próxima, por siempre.»

«Los que van a romperle la madre a la vida lo hacen desde pequeños.»

«La memoria es como el agua y se encarga de encontrar el cauce de antes, inundarlo todo y arrastrar los nuevos planes.»


Tu cicatriz en mí

«Lo que importa es demostrar el orgullo de esas imperfecciones que nos da la vida.»


El último domingo

«Antes no le podía poner nombre  a la necesidad de su presencia, pero toda mi vida lo extrañé.»

«Le di permiso de mantener los planes que había hecho antes de conocerme, yo tuve que inventarme otros.»

«En realidad pasamos toda nuestra vida juntos, aunque jamás estuvimos al tanto.»


Elena

«Tan acostumbrado a pisotear todo lo hermoso solo porque se rompe en más pedazos.»

«Cada vez que salgo de casa cierro los ojos un segundo para pedirle a quien sea que regrese sana y salva.»


Ballenas varadas

«Esa nostalgia del cuerpo que no se mueve, pero que todavía siente.»


«Uno aprecia más la vida cuando se le está yendo y no hay nada más hermoso que la propia entrega de armas frente a un desconocido.»

viernes, 28 de julio de 2017

Las líneas de la mano - Julio Cortázar (cuento)

Julio Cortázar



El cuento breve «Las líneas de la mano» de Julio Cortázar fue publicado en su libro Historias de cronopios y de famas en 1962.



Las líneas de la mano


De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito, pero con atención se la verá subir por la rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor y en una cabina, donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hacia el codo y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.

sábado, 22 de julio de 2017

El horror del plagio





Hace algunas semanas estaba escribiendo un texto y quise releer uno de mis ensayos publicado en mi columna en VozEd en enero de 2016, «Los monstruos que nos habitan», así que busqué una de las frases que había utilizado para encontrar la publicación, pero me encontré con una sorpresa: el primer resultado de la búsqueda era del sitio web de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, una ponencia titulada «Los monstruos, Jung y los relatos orales: por qué me gusta leer a Ana María Shua»

    Al abrir mi texto publicado en Vozed y compararlo con dicha ponencia, publicada algunos meses después que mi ensayo, entendí todo: mi texto fue plagiado íntegro, tres cuartillas de las ocho que conformaban la ponencia que presentó la profesora Graciela Noemí Carám eran de mi autoría. Tras investigar, descubrí que el resto de «su» ponencia era otro plagio íntegro de un ensayo publicado en 2008 por Denise León, «Ana María Shua, las felicidades de la repetición». Por supuesto, ninguno de nuestros nombres ni el título de nuestras obras se mencionan en la bibliografía de la profesora Carám.

    Sé que los textos en internet son de libre acceso y pueden ser compartidos o utilizados como referencias, e incluso que la red es una herramienta que facilita por completo lo anterior, pero siempre debe integrarse algún sistema de citación.








    Ésta es una entre muchas otras violaciones a los derechos de Propiedad intelectual, misma que incluso está tipificada como delito en México (el Colegio de México le retiró el grado de Doctor a Rodrigo Núñez Arancibia por una reproducción casi íntegra de un libro para su tesis, y en 2016 una alumna fue expulsada debido a otro caso de plagio académico que llegó a los tribunales). 

   Más allá de la indignación, es increíble que este tipo de obras realizadas sin ética profesional no cuenten con ningún tipo de filtro o cuidado editorial. Lo primordial fue, por supuesto, denunciarlo ante las autoridades competentes, en este caso enviando las pruebas del plagio a los correos electrónicos de algunos Departamentos de la FaHCE.

     Éste es un fragmento de la respuesta que obtuve de la Prosecretaría de Gestión Editorial y Difusión (en el que, por cierto, también me informaron que Carám en realidad no trabaja en su facultad, sino en el Colegio Nacional): «En respuesta a su reclamo, hemos procedido a retirar el trabajo de nuestra web, al tiempo que notificamos a las autoridades de la biblioteca quienes harán lo propio en el repositorio institucional. En ambos casos, se deja debidamente expresado que ha habido un reclamo de plagio sobre el trabajo retirado».







    En Vozed tuve todo el apoyo en este tema desde el inicio, e incluso publicaron el texto «Monstruos y el plagio» para hacerlo público. Transcribo a continuación los primeros dos párrafos:


EN VOZED TENEMOS  un contador de las veces que copian un texto sin permiso, lo plagian o se lo auto-asignan, e, increíblemente, llevamos un número que lejos de ser pequeño va creciendo y creciendo. El último incremento en el contador de plagios ha sido para Lola Ancira -una escritora con una prosa fluida y que gusta trabajar con temas diferentes al resto de los escritores-, quién descubrió que  la profesora Graciela Noemí Carám, en un cátedra para la Didáctica de la Lengua y la Literatura II, presentó, dentro del Eje temático 1: Poéticas de autor@s, organizado por el Departamento de Letras, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, una ponencia que se llama Los monstruos, Jung y los relatos orales: Por qué me gusta leer a Ana María Shua.
Entendemos que una ponencia donde se explica por qué el gusto por leer, en este caso el de la propia profesora Carám, no exige una escritura creativa, pero si propia. Está dando su opinión y contando su experiencia; y si hay un texto que no es suyo pero que expresa lo que siente y quiere decir, hubiera bastado citarlo, como manda el propio buen hacer de la investigación académica. A la profesora Carám se le olvidó poner las comillas y citar el texto entero de Lola Ancira. También se le olvidó poner comillas y citar un segundo texto, entero, que conforma el total de su ponencia… pero damos fe de que citó a Borges, a Boccanera y a Jung entre otros. (Continuar leyendo...)


    Tres de los cuatro enlaces que permitían acceder a la ponencia de Carám ya no están disponibles y muestran la leyenda «NOTA DE REMOCIÓN: Trabajo retirado con fecha 19-6-2017 debido a la recepción de un reclamo de plagio», así que sólo queda enviar otro correo al Colegio Nacional.

viernes, 14 de julio de 2017

Efecto vudú - Édgar Omar Avilés




Efecto vudú (Ediciones B, 2017) es la última novela fantparte ﷽﷽﷽﷽ peculiaridades de esta novela es que su argumento rpincipal en o termine por destuir todo lo que estástica publicada de Édgar Omar Avilés.
Ychi es el protagonista de una serie de historias que reflejan la transformación no sólo de su existencia, sino también de diferentes contextos sociales e históricos que en ocasiones son una ucronía que muestra lo que hubiera sucedido si un acontecimiento real hubiera concluido de otra forma.
Efecto vudú reúne ciencia ficción, drama, fantasía, melancolía, pesadumbre, una dura realidad y un vudú muy peculiar, todo ello originado por el sentimiento humano más natural: la negación de una madre, Madamme Garcell, ante la transformación accidental del adolescente Ychi, su único hijo, en zombi, y las interminables medidas tomadas y acciones realizadas para revertir esa desgracia a través del vudú cósmico, un conjunto de prácticas y creencias que involucran la astrología, que desafía el espacio y el tiempo y que lo mismo crea mundos posibles que hipotéticos.
Este vudú es uno de los más poderosos y peligrosos que existen en el universo de Ychi, pues pone en riesgo la existencia del mundo entero y todos sus habitantes. A Madamme Garcell, una experta bokor instruida en diferentes tipos de vudú, poco le importa instaurar el caos en el mundo y destruir todo lo que está a su alcance si ello significa recuperar lo que más ama, incluso aunque sea por algunos pocos minutos para después tener que intentarlo de nuevo una y otra vez.
En aproximadamente doscientas páginas y veinte capítulos, este libro incluye también una serie de magníficas minificciones, a modo de prefacio para cada uno de ellos, bajo el título de Las otras vidas de Ychi, que refiere a otras historias del protagonista.
Avilés demuestra en Efecto Vudú que hay una cantidad ilimitada de posibilidades. La creatividad del autor desafía la realidad y sus parámetros, estimula la imaginación e incita, con el lenguaje como proyectil dirigido directamente a la sensibilidad, a la reflexión.
Estas vidas de Ychi se desarrollan en escenarios tan opuestos como un cañaveral en Haití, durante 1940, un campo árido de una ciudad postapocalíptica en cuyo cielo radiactivo se desarrolla una batalla eterna entre robots y humanos, en el año 2453, o en España, durante 1821, en plena revolución industrial, donde Ychi trabaja como mago y científico venido a menos reviviendo cadáveres durante algunos minutos en «El insólito show de los infrahumanos» para una audiencia desesperanzada.
Otro de los escenarios, y uno de los más peculiares, es el Mundo de Papel, en el año 2790, en Rusia. Aquí, Ychi es el soberano de todo un reino de origami, creado con infinidad de tipos de papeles, que está en peligro de desaparecer y convertirse en cientos de trozos de papeles desdoblados.
Una de las peculiaridades de esta novela es que su temática principal parte de la premisa de que en Haití se utilizaban zombis (cuyo término y casos ganaron popularidad durante el siglo XX) como esclavos en los campos de cañas de azúcar de los caciques, lo que refleja la opresión y los abusos a los que eran sometidos, aparentemente incluso tras la muerte, los nativos de aquel país durante la década de los cuarenta.


Ilustración de un «zombie» esclavo
 hecha por Jean-Noël Lafarge


Fantasmas atrapados en batallas eternas, zombis esclavizados, muertos que son revividos sólo para contar sus trágicas historias, robots y todo un ejercito de origami que se alista para la guerra son algunos de los peculiares seres que acompañan a Ychi en estas páginas.
El imaginario de Avilés y su habilidad para crear mundos fantásticos y maquinar argumentos que los sustenten es sorprendente.  Su obra exhibe una sensibilidad peculiar que ahonda en reflexiones íntimas y que refleja cierta crítica social.

El libro está a la venta en librerías Gandhi, Porrúa, El Péndulo, El Sótano y EDUCAL.

miércoles, 28 de junio de 2017

El peatón - Ray Bradbury (cuento)

Ray Bradbury



«El peatón» es un relato de Ray Bradbury, y forma parte de su libro Las doradas manzanas del Sol, publicado en 1953.


El peatón


Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
-Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
-¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
-Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
-¡Arriba las manos!
-Pero... -dijo Mead.
-¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
-¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
-Leonard Mead -dijo.
-¡Más alto!
-¡Leonard Mead!
-¿Ocupación o profesión?
-Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
-Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
-Sí, puede ser así -dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
-Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo afuera?
-Caminando -dijo Leonard Mead.
-¡Caminando!
-Sólo caminando -dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
-¿Caminando, sólo caminando, caminando?
-Sí, señor.
-¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
-Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
-¡Su dirección!
-Calle Saint James, once, sur.
-¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
-Sí.
-¿Y tiene usted televisor?
-No.
-¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
-¿Es usted casado, señor Mead?
-No.
-No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.
-Nadie me quiere -dijo Leonard Mead con una sonrisa.
-¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
-¿Sólo caminando, señor Mead?
-Sí.
-Pero no ha dicho para qué.
-Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
-¿Ha hecho esto a menudo?
-Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.
-Bueno, señor Mead -dijo el coche.
-¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.
-Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par-. Entre.
-Un minuto. ¡No he hecho nada!
-Entre.
-¡Protesto!
-Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
-Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
-Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... -dijo la voz de hierro-. Pero...
-¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
-Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
-Mi casa -dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.